Multicuentos

FICCIÓN REPOSTenciada
Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
28/Octubre/2012

De permanencias que se acaban o de finales que continúan

Nadie es fantasma en su propia casa

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Mi otro yo me llevó a las aguas termales. Él lo tomó como un ejercicio de salud y meditación. Yo preferí divagar por los corredores del caserón decimonónico, rozando a la gente que sentía “como algo que pasaba” o departiendo con otros colegas. El otro le decía entre dientes a un amigo, durante la sencilla misa de la mañana, que ansiaba fervientemente contactar a una aparición, un meta-cuerpo porque así tendría un atisbo de trascendencia y no el frío abismo de la nada. “Bueno, mira, yo soy un espectro”, le dije, pero qué va, ya mi voz era como una brisa perdida entre los pasillos.

Diana sonríe

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“Lo que pasa con las estatuas es que sus movimientos requieren el concurso de milenios”, pontificó el padre de Eím. Un longe(vísim)o observador notaría las claras diferencias en Laocoonte y sus hijos o en ciertos petroglifos del Orinoco, que se doblan hacia una coordenada, en ángulos minúsculos, cada mil y tantos años.

- Algunas esculturas recorren el diámetro de un cabello en cien siglos, otras en milenio y medio o en siete años…

El padre de Eím había conseguido una extraña pieza, una estatua de tamaño humano, al borde de un bar enclavado en la biblioteca. La imagen representaba una diosa con cuatro brazos, pero no era la Shiva hindú, porque tenía rostro europeo, más bien poseía rasgos de una Diana Cazadora maldita. Tenía registrada la fecha, 1825, en una placa de yeso en la base.

EÍM: Ese escultor estaba loco, vale.

Un viejo recorte estaba clavado a la pared de madera, detrás de la estatua, muy amarillo por los años. Contenía una crítica de la obra: “La técnica es audaz: trazos gruesos en la piedra, rastros de viento, energía contenida… nada liso, todo en perpetua caída hacia arriba”.

EÍM: A mí me parecía horrible esa bicha.

Ahora bien, a las estatuas pueden írsele “los tiempos”. Una vez cada triada de siglos y en casos extremadamente raros.

Eím caminaba por el pasillo hacia la sala y la Diana maldita, en un lance repentino, puso en acción cada uno de sus brazos.

Con uno lo rodeó, con otro apretó su cuello. Un tercero acarició sus partes pudendas y el último alcanzó el recorte y lo deshizo entre sus dedos. Eím se sintió suspendido en el aire, luchando por respirar.

En medio del afán de no perder el último soplo miró la más horrorosa sonrisa, en un rostro de blanquísimo mármol, sin vetas, con rasgos ahogados en la piedra, disfrutando su maldad y su voluptuosidad.

- No era de este mundo, chamo.

De repente, manifestado por una contracción pétrea, Shiva Cazadora se quedó inmóvil y su sonrisa se desvaneció. Nuestro héroe debió emplear todas sus fuerzas para no ahogarse mientras zafaba su cuello de aquellos colosales dedos femeninos.

Consultado por el afectado, yo comenté que la prisa en amar y matar de esa estatua había enfurecido a alguien. ¿Quién la detuvo? ¿Un dios de mármol? ¿La corte de estatuas? Pues nunca lo supimos, aunque Eím no duda que fue condenada a muerte, porque al poco tiempo se deshizo en irrecolectable polvo.

- En el trance el universo se puso viejo, pana.

Eso me dijo mientras mostraba, separada entre dedos, la primera cana en veinticinco años que le salió ese día.

Me quedé en Porto Nero

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Como jamás había salido de vacaciones (apenas fines de semana o tres días “robados” de la exigente rutina), quise irme lejos, a Porto Nero, una isla a mil kilómetros al noreste de Venezuela. Forma parte del archipiélago Tiburón y es la más septentrional y lejana, capital mundial del buceo escualo.

Su autonomía y aislamiento hacen de su isla principal, Saint Honoré, un paraíso fiscal… Pero Porto Nero es otra cosa, un peñón olvidado, vórtice de muchas tormentas. De visita a Saint Honoré, pues, me ofrecieron un viaje a Porto Nero por apenas 35 dólares tiburonenses. En la agencia de viajes portátil prometieron una soledad incomparable, un cielo nocturno tan límpido que desataba todo tipo de sensaciones místicas.

Llegué a Porto Nero y ciertamente tuve atisbos seudoreligiosos, pero el bote no regresó a buscarme a los tres días. Me sentí humillado, luego desesperado. Recorrí las playas y sólo encontraba pescadores y aldeanos que hablaban un papiamento de inglés, español, francés y rastafari. Me increpaban cómo se me había ocurrido  creerle a un “shako” (malandrín) que me dejó botado a sotavento o barlovento, ya no recuerdo.

Llegué a la escuálida capital, Kappala, con calles no de tierra sino de arena y unos cuántos vehículos todo terreno, usualmente destartalados. No había hoteles pero hallé refugio en el traspatio de una casa que daba hacia la sabana playera y pude ver por noches sucesivas, más allá del suave oleaje atlántico, un cielo de nebulosas y un atisbo de mismísima Vía Láctea. A las tres semanas llegó un paquebote, pero los marineros iban a una isla aún más remota: Clementou y no saldrían de allí por meses. Mi barba, que no tarda mucho en florecer, se sintió de vacaciones.

Pero yo no compartía tal espíritu festivo, ya que imaginaba los estragos que causaba mi ausencia en la compañía. En ese trajín, conocí a todos los habitantes, cosa que numéricamente no era tampoco una hazaña. Me instalé, con Esethea, luego con la familia Abou, busqué trabajo. Terminé haciendo, en pequeño, lo que hacía masivamente en mi país: administrar el agua dulce, algo muy difícil con tan pocas fuentes.

Vinieron en intervalos que rayan un quinquenio cinco barcos y no pude tripularlos por diversas razones: me quedé dormido en un momento crucial; un lío de faldas; mi importante cargo; recordé con especial encono el tráfico de Caracas; encalló siete kilómetros frente a la costa de Playa Kayaus una lancha en la que finalmente había decidido irme. Lo tomé como un símbolo.

Busqué a Jaalidah, hermana de Esethea, la que me gustaba en realidad y le propuse uno de esos extraños y casi incalificables matrimonios tiburonenses. Mientras tanto, construí una reputación y (visto, claro, a esta escala) cierta fama por mi recolección, conservación y distribución del escaso líquido no salado de la isla. Hasta jubilarme, por supuesto, hace décadas. Mis nueve hijos se han ido. El resto es el descanso aburrido del retirado, hasta el sol de hoy, cuando cumplo 98 años.

La verdad en pasta

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Dos químicos recién graduados, M. y P., produjeron de hecho una crema dental que curaba y prevenía las caries. Fue su tesis de grado conjunta, pero en la Universidad no lo notaron e incluso les colgaron una nota muy mediocre. P. fue contratado por una gran transnacional de productos de cuidado personal, no por la fórmula (tampoco por sus notas), sino por sus pasantías en distribuidoras de pañales desechables.

Ya adentro, hizo que ingresara su amigo M., para juntos promover el dentífrico milagroso. Los estudios realizados, no manipulados o fabricados, lo decían sin sombra de dudas. Incluso se podía untar en los dientes y muelas directamente, sin cepillo. M. y P. giraron copias de los informes a sus colegas pero éstos, acostumbrados a afirmar exactamente lo mismo de sus respectivas pastas, lo atribuyeron al autoengaño de los “nuevos” o a ese descortés afán de querer llegar demasiado rápido al tope.

Entre perfeccionar la nomenclatura y presentarla a la Gerencia de Investigación y Desarrollo pasaron tres años. El comité de revisión puso el caso bajo el número 23-5765 y lo asignó para “evaluación somera” a un grupo de trabajo virtual que, al final, lo enterró bajo decenas de otras “prioridades”.

Diez años se interpusieron entre la petición y la primera reevaluación. Mientras tanto M. y P. fueron enviados a divisiones diferentes. Éste en particular supervisaba ensayos de producción de cremas muy inferiores a la suya y cada vez que trataba de revivirla le solicitaban cortésmente que esperara su turno. “El proyecto en el que trabajamos actualmente fue presentado antes de tu nacimiento”, le explicaba su jefe.

Una vez, durante un taller de diseño de prediseños, paseaba por allí Daniel K., eventual presidente del consorcio y tuvo en sus manos, por minutos desaprovechados, lo que sin duda hubiera sido la estrella más fulgurante de los 2.325 productos del grupo industrial. P. le dijo que, ahora en sus manos, podía hablarle rápidamente de su fórmula. Le contó que esa pasta tenía efectos regenerativos en los dientes y muelas, reversiones de caries, fijación de pieza, como un cemento natural. Era fácil de producir, si se combinaban correctamente los 116 ingredientes de la forma indicada y le iría muy bien un nombre como “Plín”.

Lo hojeó un poco, se detuvo en un par de láminas, pero al rato convino en el rito institucional: “Se ve bien, pero esperemos. Yo mismo tengo proyectos en cola.”

Si lo descreyeron los colegas químicos y los de mercadeo, mil veces más los familiares y amigos. Caso ejemplar: los hijos y nietos de P. (M. había muerto sin hijos). Quizá los pequeños, hasta siete u ocho años, hacían acto de fe: “Mi abuelo descubrió una crema dental que sí elimina las caries”, pero la pubertad y la adolescencia les enseñaban la costumbre de ignorar al viejo P., de relegarlo a un sillón en el fondo de la sala, con su copita de ponche cremoso, turnados para llevarlo a fiestas familiares o encuentros domingueros.

Sólo una nieta, Sal, le llegó a creer hasta entrados los quince años.

Ausencia de luz muy fría

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La primera vez que pasó por esa carretera a toda velocidad, Nancina sintió un escalofrío. El lugar no era desagradable, al contrario, muy frondoso y fresco, pero precisamente la densidad vegetal y el frío lo hacían propicio para temores inexplicables, como el de la Sombra Helada.

En un confín del camino a muchos metros de una casa o establecimiento, el aislamiento convertía ese trecho de la Intermunicipal 3 en un compendio de historias macabras, casi ninguna confirmada, pero muy sobrecogedoras en la descripción de la angustia del desolado transeúnte que contaba los segundos antes que saltara de la oscuridad algún horror del monte. Las leyendas urbanas (o rurales, más bien) hablaban de todo tipo de criaturas y calañas humanas, de malvados, fantasmas o animales.

No se supo qué ocurrió con el automóvil de Nancina (nunca apareció) pero falló justo al alcanzar el trecho más tupido de lianas y maleza, que ahogaba los postes. Afortunadamente ocurrió de día, aunque de poco sirvió. Su celular no tenía señal en ese lugar. A un carro que pasaba le hizo un tímido gesto de detenerse, que lucía como un saludo escondido. De repente lo que quedaba del trayecto de ese vehículo se desvaneció y percibió el silencio de una forma nueva.

Para el momento, obvio, no existía la leyenda de Sombra Helada, pero sí la de forajidos que deambulaban por esos predios, si no criaturas híbridas humanas y salvajes. Nancina se dio por perdida. Pronto sería cazada. “¿Y si corro?” se preguntó estúpidamente. Mas no, nada que ver.

Pasó la peor noche de su vida esperando que alguien rompiera la soledad. Trató pero no pudo pegar un ojo, en medio del ulular de la madrugada silvestre y gélida, completamente a oscuras. Mas, ciertamente, no la visitó ninguno de los demonios que esperaba.

Despertó con el crispar de las piedras bajo neumáticos y al levantar la cabeza el motor tripulado era ya una nube amarillosa. Salió a la carretera, pero sin suerte hasta las 5:14 pm, cuando pasó un camión que (¡mala suerte!) iba hacia una finca en el interior de la montaña. Ofrecieron llevarla pero le dio miedo dejar la nave en esas vastedades y también al ver el talante de quienes ofrecían llevarla. Incluso deseó que se fueran. Sola otra vez, caminó y se perdió en suaves colinas. Pasaron dos o quizá tres automóviles al lado del suyo, pero estaba demasiado lejos. No se topó con nadie por el resto del día y otra vez la noche, ora encendida de luceros ora arropada por cúmulos.

La quebrada cercana, los animales benévolos, la generosidad de la desnudez en el día y el abrigo animal, a oscuras, la hicieron internarse, dormir lejos del Toyota. Poco a poco extendió su territorio y ciertamente sacó máximo provecho de sus buenos colmillos. Un día contempló plácidamente cómo se robaban el vehículo. No intervino, ése era el último puente que ardía sobre el río circundante.

Eso y la deconstrucción del ser racional, son mi (propuesta de) solución al enigma de la Sombra Helada que aterroriza esos parajes.

Al revés también hay orden

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Poncio tenía una obsesión terrible e invencible: la de colocar los billetes en su cartera sólo si estaban ordenados debidamente. No era cuestión de doblarlos y dejarlos para después, había que organizarlos ipso facto de menor a mayor y todos con la cara al frente.

Este tenso ritual, de recibirlos de alguien y darle vueltas, tratar de armar una paca, poner unos antes que otros, le hizo perder vagones del metro, ascensores, parecer maleducado al no contestar la pregunta de un dependiente. Clavado en el piso hasta concluir el ritual, barajaba el papel moneda para lograr un paquete simétrico, a veces en tres segundos pero otras en dos o tres minutos.

Los billetes doblados lo eludían de conversaciones, le mostraban esquivo y distraído. En el fondo Poncio sólo dudaba si, por ejemplo, había puesto el de cinco antes del de 10. Sólo eso. Una o dos veces llegó a colocarlos desordenados a propósito y nada en particular ocurrió. (Bueno, para su superstición sí, en una dimensión que sólo él percibía.)

La mujer de su vida (Vita) tenía dudas sobre la relación con tal obsesivo compulsivo. Sus mejores cualidades apenas lograron igualar los puntos en contra, de modo que sostenía una precaria ventaja. La sinceridad de Poncio al decirle a Vita que la quería, más alguna expectativa sexual, le habían dado a la aceptación algunos puntos sobre cero. Vita invitó un café a Poncio para darle su veredicto.

Antes del momento mágico o fatal de revelación (le iba a decir que sí) se interpuso la mano de un vendedor de cigarrillos de quien había adquirido una caja minutos antes. Esa mano traía un fajo muy desordenado y amorfo de billetes y monedas. Poncio tomó el paquete y se dijo que sería una carrera por resolver ese caos y escuchar con atención a su amada, a la vez, pero fingiendo total atención en lo segundo.

El nerviosismo exacerbado lo sumió en una patética lucha por recordar si el nuevo billete de 10 era azul también, como el de uno, bueno, lo recordó pero luego encontró ¡cuatro no alineados!… y de paso ahora también le preocupaban las monedas, las de menor denominación en el bolsillo lateral pequeño y las otras en el grande, pero no en el de cierre sino el que parece una bolsita…

- Eres un loco –gritó Vita indignada y se fue. (Poncio no entendió al momento, pero luego sí, imaginando el rostro anonadado de Vita segundos atrás).

Parece, sin embargo, que funcionó la Ley de las Compensaciones. Un día tomó, literalmente, una ruta equivocada. En pocos minutos serpenteaba los laberintos semi asfaltados de un barrio marginal de la ciudad. Se bajó del auto a preguntar y al voltear un hombre le apuntaba. Otro salió de las sombras laterales. El primero le ordenó a Poncio darle todo, incluso la llave del vehículo. Parecían el jefe y un nervioso subordinado.

En su desconcierto Poncio rogó que le dejaran los documentos de identificación, que de nada le servirían a los cacos. El otro miró con ansiedad aprobatoria al cabecilla, quien dio su permiso. Extrajo los billetes y el delincuente intentó atenazarlos de un manotón, pero terminó botándolos al piso, donde se desperdigaron. Ordenó a Poncio que los recogiera y traqueteó el martillo de su revolver.

Poncio obedeció y al asirlos comenzó a sortearlos, a colocar los billetes bajos de primero pero de atrás hacia adelante, de modo que al terminar estuviese el de mayor denominación al frente pero de espaldas y sólo bastara girar el paquete perfectamente armado. Tuvo la inoportuna regresión a épocas en las que ordenaba los billetes de igual denominación por número de serie. En el proceso miró al asaltante con una seguridad en sí mismo que apenas la creía. Una precisión suprema incluso en cada respiración.

El hampón bajó el arma, dijo algún “calé” a su compinche y se fue con una mirada deslizante, sin llevarse de Poncio ni un botón de la camisa. Era un ratero supersticioso. Le había parecido aquello demasiado extraño…

Cuatro gotas de lluvia

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1. Adán contempla a Caín y Abel infantes, jugando a lo lejos. Han pasado incluso siglos desde el pecado original. Eva se acerca y lo acaricia.

- ¿Sabes qué? -dice el primer hombre- me desconsuela saber que para esos niños nuestras historias del Paraíso serán meras fantasías.

Eva lo besa y le sususrra: “Para bien o para mal”.

2. Una amiga quería encontrar un sentido a la vida, hasta que averiguó que para ello debía inventarse una. Eso no le añadió un sentido, pero sí una vida. Quien tenga ojos que vea.

3. Científico a teólogo: “Sus sistemas son fantásticos”. El teólogo contesta: “Mire los suyos desde otra perspectiva, en el ayer, en el mañana, en el confín del universo, acelere el punto de vista del observador y trate de imaginar la ubicuidad que, después de todo, es una relación lógica.” San Einstein sentado en una nube del espacio-tiempo, sonríe mientras toca el violín.

4. (Verano de 1285). El discípulo mira la estatua de Buda y replica al maestro: “Si esta figura se moviera, yo creería en el Iluminado”. El maestro le dice: “Y, sin embargo, se mueve”, y le explica todo aquello que aún no diría Galileo.

Nihílogo

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1872. Me dirijo al pueblo de El Madero. Voy por provisiones. No voy por periódico porque no lo han inventado. En el viejo pueblo quedaron sepultadas mi niñez y juventud, el libro de mi vida cuyo prólogo está  cerca de la plaza y cuyo epílogo no es otro que las arenas circundantes.

Dunas rojizas y cálidas, de día. Plateadas y heladas, de noche. Un gemido ululante recorre sus bordes inestables. Hace sesenta y seis años ocurrió allí la batalla. Un día llegó un mensajero presuroso y dijo que, como una tromba, los rebeldes tomarían El Madero dentro dos días. Algunos se alegraron y salieron a encontrarse con los revolucionarios.

Otros fuimos engañados con la patraña de la República y del honor patrio. Nos malvistieron de soldados, nos mostraron los rudimentos de la carga y disparo. El punto era aguantar hasta que llegaran tres mil hombres bien apeltrechados bajo la bandera federalista.

Armar barricadas y cavar trincheras distrajo un poco la enorme tensión que abrazó al pueblo. Pero cuando todo estuvo “preparado” la espera superó en crueldad y frenesí la mismísima lucha.

Una mañana nos despertaron. Pasó un depauperado jinete: “Allí vienen, son miles, como ratas hambrientas ¡huyan si pueden!”. Desde entonces para mí todo es polvo del desierto, la gravitatoria lucha por desenterrar los pasos y el violento choque de los sables.

Entonces, yacía yo herido, mi respiración dificultosa por la piedra pulverizada y los globos de sangre. Vi una silueta. El sol abrazador a sus espaldas. Levantó la bayoneta y ¡ay!, no me acordaba.

Sí, me detengo, incluso me devuelvo. ¡Ja! ¡Qué despiste! Es que todavía veo las locas pisadas de guerra en la arena, como si el viento de décadas las hubiera vuelto a dibujar o esculpir, mejor dicho.

Todo esto porque no voy a pueblo alguno, no existe. Y yo no necesito provisiones, estoy muerto ¡pero soy un muerto tan olvidadizo!

Espiritum fabula

“Soy lo suficientemente culto para no ser supersticioso.
Pero lo soy”
Fiodr Dovstoiesvski

Titus no cree en fantasmas. Y menos desde que conoció a uno. Al principio era un zumbido, pero se intensificó al punto de hacer vibrar el vaso de agua en su mesa de noche. Abrir los ojos en esa bruma del entresueño y mirar la superficie ondulante de su vaso… lo asustaba, aunque la pereza lo vencía y volvía a su soñar profundo.

Luego ese murmullo en la oreja. Titus escuchaba: “Uuuu el moro, el moro”. Cuando abría los ojos solo el zumbido o lo que quedaba de él. Su sueño es fuerte y aplasta cualquier cosa. Al día siguiente dudaba todo, aunque una advertencia inconsciente le hizo dejar la luz de su mesa de noche encendida. No sé porqué, pero entendía: “El moro”.

Un día la presencia dejó la intriga y le dijo al oído, en tono bajo pero muy claramente: “Busca el tesoro”. Era el mismo zumbido, el mismo susurro, pero sin distorsión y con una cercanía que le hacía sentir un vaho en el pabellón auditivo.

Ésta vez no el sueño, sino la ambición, evaporó el terror de comunicarse con una presencia de ultratumba, un ectoplasma o como quieran llamarlos los espiritistas o los acólitos de la parasicología.

Para él era un emisario que le hablaba de un tesoro, sí, riquezas escondidas en un vetusto pero hermoso caserón de Magazine Street, en Nueva Orleans, que rentó por unos meses, mientras hacía una investigación sobre las relaciones antropológicas entre el catolicismo, el protestantismo, los acólitos del “Gospel” y el sincretismo afrocaribeño en la cuenca del Mississippi.

Ahora era Titus quien lo buscaba.

- ¿Qué tesoro? ¿Dónde? ¿Bajo el suelo de roble pulido? ¿Detrás de la pared donde cuelga un espejo esmerilado de 1912?

Hasta ese momento miedo, que digamos miedo, no había sentido. Pero entonces se enteró que esa voz gutural y ronca era de una mujer, o de lo que había sido el alma empaquetada en un cuerpo femenino. Matilda, una cortesana de finales del siglo XIX. Eso sí le produjo un dejo de frío en el estómago.

Por pura curiosidad, siguió sus instrucciones y bajó a un vetusto sótano, impregnado de un polvo ancentral, con maniquíes acéfalos, que parecían estatuas decapitadas. Abrió un baúl (tenía tapabocas) y encontró una placa con la imagen de Matilda, muy blanca, casi lívida, con ojos vívidos y un fondo como de vapor o humo.

Documentos hablaban de un P. Shackleton Higgins, un rico comerciante de minerales que la tenía como amante y cuya colección de joyas Matilda logró robar en 1896 y esconder en el caserón de Magazine, en complicidad con un albañil corrupto que tapizó el cofre en una pared. Hasta que pasara el alboroto y se figuraran cómo repartir el botín, venderlo y mudarse a otros lares a vivir como gente pudiente.

Cuando se sintió descubierta escapó de la ciudad (se fue a Gulf Port, Mississippi), pero no podía soportar la desconfianza en Leroy, el albañil que sin duda la traicionaría. Y se fue más que furtivamente a la Crescent City, llegó de noche, cruzando el cementerio St. Louis.

Fue directo a la casa de Erzulie, una sacerdotisa que conocía, quien le dio fetiches y conjuros suficientes para someter a un hombre de 1,85 mt. muy robusto (por si acaso). No podía esperar mucho y le dio un pequeño rubí, de una especie de menudo que sacó del cofre (Leroy tomó otro tanto).

Se dirigió a donde el albañil, quien la recibió alarmado por el miedo a levantar sospechas. Pero su propia desconfianza lo impulsó a aceptar la idea de ir inmediatamente a la casa de Magazine, a repartir el botín. Ella a largarse. Él a preparar su propia largada.

El caserón estaba cerrado. Largas cadenas cruzaban la reja de entrada, pero Matilda conocía un pasadizo trasero que había preparado. Pronto estuvieron adentro, con velas discretas para no llamar la atención. Notó que habían cubierto algunos muebles con sábanas y telas.

La casa se sentía más antigua que nunca, la gruesa oscuridad apenas lacerada por una pequeña lumbre, móvil, indecisa. Ese olor a humedad, a madera de antaño. Bajaron al sótano, con pinturas arrinconadas que rozadas por la lumbre parecían penitentes de otro mundo.

Matilda sintió un escalofrío en la espalda a medida que se acercaba a la pared, pero por otra razón. Un presentimiento que no tuvo tiempo de procesar. Una hoja fría de crudo acero le atravesó la espalda y le quebró unas vértebras en el camino. Cayó al piso boca arriba, sentía el vestido empapado en la espalda, sus nervios desatados le impedían sentir dolor. Vio el rostro del malhechor atónito por su propia acción y, en vez de escavar, se aterrorizó e intentó huir.

Con su último aliento, recitó el conjuro de Erzulie y quedó allí, agonizando buena parte de la noche. Leroy escuchó las palabras pero no les otorgó mayor efectividad. Sin embargo, cuando subía las escaleras sus piernas se paralizaron con un horrible dolor. Cayó en medio de la subida, sin comprender cómo sus extremidades inferiores no respondían, intentó arrastrarse pero el dolor era insoportable.

Se quedó quieto, tratando de reunir fuerzas para trepar los escaños que faltaban, cuando miró cómo de una grieta en la pared salían arañas, veloces, incesantes, que lo cubrieron poco a poco. Se le metían entre la camisa, escalaban su rostro, en minutos era inútiles sus manotazos desesperados. Como siguiendo una orden secreta, aquellas criaturas iniciaron –todas a la vez- una furia de picadas, de aguijonazos que envenenaron a Leroy y lo dejaron transformado en un amasijo de carne hinchada, verduzca y anormalmente dura. Tampoco murió al instante, pero sí más rápido que Matilda.

La gran satisfacción de Matilda, cuyo espectro ha vagado por el caserón durante casi un siglo, era que Leroy no había logrado salirse con la suya. Y así se lo dijo a Titus y por eso lo entusiasmó. Bajó al sótano, de día, para evitar la inquietud de la noche, con un mazo, un cincel y una linterna. Perforó la débil pared de ladrillos señalada, luego de retirar trabajosamente una cómoda, un gabinete y varios percheros.

Abrió un agujero, cuyo interior revisaba con su tubo de luz. Cuando fue lo suficientemente grande para entrar por él, Matilda le susurró en el oído que ya se veía la caja empotrada en un muro interno. Sí, se veía algo. Entró preocupado por la fragilidad de la estructura y apuntó la linterna a todas partes.

Al frente, lo que parecía una pequeño cofre de madera enterrado en una pared irregular. Tomó el cincel y comenzó a raspar la superficie hasta que sintió un cosquilleó en el brazo, luego otro y otro, en las piernas, en la espalda. Se autoiluminó y vió con terror como lo invadían no cientos sino miles de arañas. Intentó aplastarlas con la mano pero eran demasiadas y en un momento indecible empezaron a inyectar su veneno en todas partes del cuerpo.

Al principio un mareo, luego una parálisis invencible y luego un dolor fulminante. Murió dentro del hoyo y, al fondo, las carcajadas de Matilda.

Ahora Titus mismo es un fantasma. Y aunque le encantaría que la gente creyese esta historia, también comprende plenamente si no lo hacen. Los fantasmas son capaces de decir cualquier cosa para lograr sus obejtivos, como Matilda.

Y por eso, mis amigos, es que Titus no cree en fantasmas.

Entropía

.

Soñaba soñar y en el sueño de mi sueño me veía buscando la salida del oscuro lugar donde había sido recluido.

Soñaba que estaba recluido oscuramente y en ese sueño buscaba la salida.

Soñaba que estaba recluido oscuramente y buscaba la salida.

Soñaba que recluido buscaba salir.

Soñaba buscar salir.

Soñaba salir.

Soñaba…

.

 

…………………………………………………………………
ILUSTRACIÓN: Lúdico para infoCIUDADANO.
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142 Responses to "Multicuentos"

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