Aprender de las hienas

Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
29/Julio/2012

1.
Las infinitas llanuras del Serengueti en los documentales de televisión son un horizonte que tiembla.

El león se despereza con un bostezo terrorífico, las leonas cumplen su faena cazadora. Clavan sus poderosas mandíbulas en ñús de ojos apagados y más atrás los guepardos hacen lo suyo con las gacelas de Thomson.

Cuando cae el herbívoro el glamour del arranque, de la zigzagueante andada y del zarpazo letal disminuye. Mientras más estática y sometida la víctima menos espectacular el cuadro. Cuando entran otros felinos a deglutir y hay esos rugidos de “déjame mi pedazo de carne”; cuando permiten a los críos clavar sus incipientes colmillos o surca el cielo límpido esa oscilación descendente del buitre… la naturaleza toma primacía contra la personalidad, el espectáculo se hace animal, demasiado animal.

Empieza a oler al caos elemental de los carroñeros. Hay toda una panoplia de felinos robustos, los leones mismos, que son parcial o totalmente carroñeros. Los buitres ni se diga. En todo caso, la presa ya es guindajos sucios, llenos de pantano. Y entonces y sólo entonces entra en cuadro el más exitoso de los carnívoros africanos y, de los terrestres, quizá del mundo: la hiena. Casi rastrera, como por la puerta de atrás, los más agresivos en aquello de comer carne cruda.

Recibió un memorando: “Sr. Igor C. usted ha sido seleccionado para asistir al Taller Gerencia de las Hienas”. La compañía donde trabaja (Hamfton Tools Corporation, líder mundial de propilsortes y neumódocos), tenía todo un programa de desarrollo personal-corporativo y allí estaba él, con una buena excusa para hacer algo diferente durante dos días.

Al llegar al auditorio se sentó lejos de todos, como quien llega tarde y no quiere hacer ruido. El taller lo dirigía, escribía y protagonizaba Karen T. (en realidad “Karenina”, pero ella optaba por el diminutivo), alta, madurota, casi cincuentona muy firme todavía. Cuando Igor se dejó caer sobre la flexible silla, sintió que el escenario tenía en esa mujer su centro de gravedad. El Director Regional (DDRR) de Hamfton en persona abrió el evento con unas palabras leídas:

— La corporación moderna es como un portafolio de la ley de la selva, la máxima competitividad basada en supervivencia, alimentación (el puesto en la cadena alimenticia corporativa) y –en nuestro particular caso- movilidad, es decir, la posibilidad de adaptarnos, de estar en el lugar adecuado en el momento pertinente. Necesitamos equipos de trabajo más que fuertes y majestuosos, eficientes, que cumplan… pero con un consumo mínimo de recursos. Uno normalmente no piensa estas cosas ¿verdad? [risas del público], en todo caso hay alguien, una persona, con nosotros hoy [mira a Karen] con quien los dejo.

Su voz se fue apagando en la medida que “el mujerón” se levantaba y tomaba por entero la sala. El DDRR apenas pudo ser eco con “y ahora los dejo”, porque Karen tomó el control y apretó un botón. La lámina invadió la pantalla:

Instituto AltoEgo

Talleres de Desarrollo Personal-Heurístico

GERENCIA DE LA HIENAS

Detecte, rastree, aceche, ataque y engulla a sus rivales…

Primera sesión:
En las llanuras de la corporación moderna: espacio y roles.

— La sabana no es uniforme -comenzó Karen y movía su mano palma abajo en una línea oscilante- hay colinas, promontorios, rocas salientes, charcas, lugares privilegiados. Eso se aplica desde la fría e intimidatoria oficina del Presidente (y eso no lo digo por usted, mi estimado DDRR) [risas] hasta la pequeña sala de fotocopias. Lo que quiero significar es que constituye la totalidad del espacio. Sí, Dr, Arévalo, como lo acaba de murmurar: “Hasta en el baño” [risas, sobre todo de Arévalo mismo].

Para Karen cada poder es un Dios, como en las tribus seculares del África subsarahiano: el sol es el calor; la brisa es la fuerza inaprovechada; el agua, equilibrio entre caída y sostenimiento. Los roles son claros y elementales: depredadores dominantes, como leones y grandes felinos en general, en las riberas y ríos los cocodrilos y caimanes; depredadores intermedios, como las águilas junto a los carroñeros, oportunistas o no, como los buitres. Los grandes herbívoros, elefantes e hipopótamos, búfalos y rinocerontes, gregarios y defensivos. En este ecosistema las hienas y chacales son una mezcla de todos los ambientes y papeles de este drama natural. Cazadoras o carroñeras, carnívoras o herbívoras si es necesario… son una prueba de la eficacia grupal para sobrevivir, el triunfo del equipo sobre el errante.

Explicó con abundancia de gráficos estadísticos y fotografías de gacelas y reptiles, que los animales poderosos retozan en los mejores lugares, donde les place. Los herbívoros, como bisontes o cebras, se arriman con su extraordinaria fuerza colectiva a excelentes sitios abiertos. Las hienas no. Aunque en lugares más bien apartados, casi siempre están en movimiento y se cuelan en todos los espacios. Karen decía esto mirando a unos y a otros gerentes, de modo que quedaban: “¿Entonces soy un antílope…?”.

Luego retomaba el podio y pedía explícitamente que miráramos a nuestro alrededor para detectar estos roles. ¿Quién es depredador? Quien se come a otras especies o a la misma.

— ¡No lo digan en voz alta! [risas] No quiero meterme en problemas con ninguno de ustedes.

En la corporación moderna la información y el logro de objetivos eran la comida de los depredadores empresariales: la “información-poder”. No como colonización –en el caso de las hienas-, no como empuje masivo, sino como desplazamiento. Las hienas para sobrevivir, el ejecutivo moderno para no morir y eventualmente “ascender” en la escala del poder, anda en una ronda permanente por las cañerías organizacionales. Ser hiena como única forma de ser león.

La recomendación en dos platos: crear equipos hiénicos (de Hiénica, la disciplina creada por AltoEgo) que degluten en todas las presas, las roban a veces y sobre todo jamás dejan sobras o restos sin revisar (de información-poder, por supuesto).

En vez de realzar el perfil de los individuos, se centraba en la multiplicación mimética. Tenía líderes, pero externamente el trabajo parecía anónimo, de ser posible con total desconocimiento de los demás, sin heroísmos, cual hormigas o abejas. Acaso su éxito residía más en la genuflexión del perro que en la egoísta distancia de felino.

Porque ni perro ni gato es la hiena, más bien ambos, las hienas habían poblado las pesadillas de Igor por años, junto a cocodrilos y tiburones. Las odiaba. Al asociarle cualidades humanas las veía oportunistas, traidoras, incluso asesinas. “No tienen la majestad de los felinos; no compiten con el hombre ni lo ponen en peligro… Nadie se toma una foto sobre una hiena muerta”. Y esa risa…

 

2.
Había un ambiente extraño en la sala.

Ocurre cuando hay mujeres atractivas en una reunión de hombres: los bobalicones de contabilidad hasta el extremo de llenarles los vasos de agua; el consultor jurídico, generalmente circunspecto, imitaba al animal que sus colegan habían decidido que representaba… estaba rendido a los pies de Karen y sonreía hasta las alusiones menos graciosas de la hábil charlista. Había dos espectaculares asistentes (así como uno masculino que entraba y salía) e Igor no le quitaba el ojo a una de ellas, vestidas de negro muy ceñido, con labios de una voluptuosidad que calcinaba en medio de ese gélido aire acondicionado.

Karen lucía como una reina checa, cierto y Marla deslumbraba por su piel dorada y sus curvas… pero era Moana con su palidez transparente, su distancia cercana, su aire de niña perdida, lo que monopolizó la mirada de Igor. Y no es que las otras no causasen estragos.

Hasta las mujeres se sentían alteradas sexualmente, más aún cuando se presentaba a ratos y se ausentaba en intervalos un musculoso pero estilizado asistente.

Hay que notar que el Taller de Karen tenía serias imprecisiones o crasos errores científicos, como mezclar animales de distintos ecosistemas, pero poco importaba para la metáfora final. Su empresa AltoEgo (ella, las asistentes y una recepcionista) diseñaba y ejecutaba cursos de desarrollo individual para grupos de ejecutivos bajo el eslogan: “Usted será otro”. Por años, sus siete semestres de sicología más el aprendizaje personal, le habían permitido diseñar dinámicas sobre “Salir al mundo interior”, “Optimismo de la crisis”, “¡El largo plazo, ya!”

Su vida parecía llena de “cerebros triunos” y “equipos de alto desempeño”, que vertía en cursos ajustados a los más variados presupuestos, generalmente bajos. En el mercado su empresa era de segunda o tercera categoría. El mercado no era fácil porque las tendencias gerenciales cambian como la moda de alta costura; pero producía suficiente para automóviles y apartamentos.

Karen tenía muchos recursos motivacionales y contra todos los pronósticos ponía su barco en curso de rentabilidad. Intentó ser más ingeniosa con los títulos: “La verdad interior no es lo mismo que la verdad en el interior” para su célebre seminario cerebro-prostático; “Chofer de su autoestima” y así sucesivamente. Impartió dinámicas anti-stress en sabanas, bajo cascadas, en una lejana isla del Caribe, en ardientes arenas del desierto.

El DDRR llegó a cometer la barbaridad de proponerle a Karen, delante de todos, que diseñara una segunda parte de este curso, hecha a la medida de Hamfton. “Con animales tropicales si es posible”. Karen advirtió que estos trabajos ad hoc solían demorar tanto como, por ejemplo, las certificaciones de calidad ISO 75000, pero rendían frutos poderosos aunque intangibles y prometió una propuesta para la semana siguiente, titulada “Hamfton Tools Latam y el ecosistema empresarial de la Orinoquia-Amazonia”.

— Así Hamfton se transforma en una jauría, capaz de aprovechar todas las oportunidades de mercado más cerca del ecuador terrestre.

Ahora bien ¿hienas? Fue casualidad, como cuando en Scrabble uno ve en silencio la madre de las palabras, descuidada por todos… Aquí y allá oyó que las hienas competían como los más exitosos depredadores, incluso contra los leones. Que su mala fama era sólo comparable a su extraordinaria astucia y versatilidad. Leyó –por encima- ciertos papeles de prominentes investigadores y, bueno, mucha National Geographic y similares.

Estudió documentales sobre sus modos de vida y su rol en las estepas africanas. Todavía las veía como crueles e insensibles, tramposas y no merecedoras de los estupendos botines que lograban. Pero la percepción cambió. Porque resulta que, en el darwiniano mundo animal, las hienas constituyen un equipo de alto desempeño, más motivado al logro que al poder, el cual ceden con gusto a los más fuertes. “Buen material para la gerencia media”, pensó.

Intentaré destacar algunos puntos clave de la “ideología biológica” que subyace en los talleres y dinámicas de Karen.

— Si se trata de supervivencia o ventajas, el humano sí está dispuesto a aliarse para conseguir alimento y protegerse. De resto su alianza es de afinidad, de socialización, de cumplimiento del secreto mandato procreativo…

  • Uno pelea para no morir, pero hay que pelear desde el principio. No se pelea para ocupar un puesto sino para no ser desocupado. No se mata para imponerse sino para subordinarse.
  • La mujer es más fuerte que el hombre si lo quiere. El siglo XXI pertenece a la mujer. Cuando se lo propone, la mujer domina.
  • La promesa de sexo más efectiva puede no implicar sexo. Como otros artículos de guerra, se concibe por y para el poder.
  • En la Gerencia de las Hienas no hay objetivos diferentes a la supervivencia en el terreno que nos ha sido dado. La supervivencia implica depredación. Hay que comer carne corporativa cruda.

Igor siguió el curso con gran minuciosidad. Más que para aprender a deglutir “información-poder”, lo movía la curiosidad infinita de conocer los entretelones de tan insólito programa. Sintió, de golpe, la respuesta:

— Una monumental estafa. Esta mujer ha cosido una impresionante cantidad de información seudocientífica en un corpus coherente en apariencia. Pero no sirve sino para impresionar. Lo vende a costa de distraer a sus clientes mayormente masculinos y para los femeninos también aparecen de vez en cuando muy bien formados caballeros jóvenes.

Durante el “coffee-break” Igor, confundido en un apretado público, no podía quitar sus ojos de Moana, la de peinado brillante y labios rojísimos. Se acercó, mientras una nube de gente revoloteaba a Karen y dejaba a esta “bellezura” en el monótono acto de repartir tarjetas.

— Hola. Alguien quiere integrarse a la manada –le dijo (chiste malo).

— Bueno, eso es asunto de cada empresa, ustedes forman sus equipos…

— A mí me gusta la idea de formar un equipo contigo…o donde tú estés [risas].

Todo esto con la sonrisa adecuada y una rápida toma de la tarjeta, se transformó en un flirteo descarado, que Karen no ignoró aunque se hizo la desentendida. De vez en cuando Moana miraba con aprehensión a Karen y luego volteaba esos ojos caoba hacia Igor, electrizándolo.

— Me gustaría verte –no dio tregua Igor.

— Ya yo no vuelvo más, tengo que estar en la oficina.

— Pues te busco en la oficina.

Y así fue. Le invitó un café. Luego se volvieron a ver en el cierre del taller (una semana después), copas de vino en la mano. Karen se deshizo como pudo de la perorata sin fin del Jefe de Compras y se disculpó para ir al tocador. Zigzagueó relampagueantes ejecutivos que la reclamaban y perdió el camino al baño. En uno de esos cruces inesperados se encontró a su asistente Moana, entrelazados sus labios con los de Igor. Aunque puso un rostro severo, no pudo disimular que le había gustado mirar aquello.

Al principio Moana sutilmente rechazaba las invitaciones de Igor y le manifestaba, por teléfono, una no dicha aprehensión de que Karen supiera que hablaba con él. Pero nada que una cena con clase no pudiera arreglar. Esa noche durmieron apasionadamente y se hicieron amantes. Sexo salvaje que dejó sus marcas: poderosos rasguños en su espalda que al día siguiente le picaban horriblemente durante una  reunión con proveedores. Siguieron viéndose y por más que Igor hacía intentos de humanizar la relación, de darle algunos toques de convivencia se sorprendía de cuánto énfasis en dejarlo sexual ponía Moana.

— Cógeme nada más, pero dame durísimo.

Igor se esmeró, sin duda, pero ese volcán momentáneo propagaba ráfagas sobre el espacio intermedio. (O comenzó a pensar fuera del pene o su corazón tomó partido).

Pero pasaron cosas. Una vez fue intempestivamente a su apartamento (una acción que habían convenido no realizar) y encontró a Moana con Marla en actitud muy extraña, como inmersas en algún tipo de intimidad. Otra noche vio a una de sus colegas de Hamfton, por casualidad, saliendo de un local nocturno de manos con un joven fornido que no era su esposo, sino un joven asistente de Karen.

A final de año el DDRR lo llamó a su oficina, pero al comenzar a hablar del plan estratégico, el jefe tuvo que salir un momento dejando a Igor frente a su iPhone. Un mensaje privado de Karen se asomaba en la pantalla: “Insolada todavía por la playa. Esperemos hasta el viernes”. Y él muy bronceado…

Un día, en los pasillos de la empresa, se cruzó con una apurada Karen, quien al verlo se detuvo y lo “cercó” contra la pared.

KAREN: Me estás echando a perder a la muchacha.

IGOR: ¿Por qué, por mezclar la diversión con el trabajo?

KAREN: Sí, por eso por ejemplo.

IGOR: Pues fíjate que me parece que eso no soy el único.

KAREN: Yo soy una Consultora Corporativa.

IGOR: Una ocupación muy amplia según veo.

Intentó hablar con Moana, luego del sexo, pero aquello exasperaba a la mujer, quien le increpaba una absurda paranoia. E Igor seguía: por qué esto, por qué aquello.

MOANA: Así no sirve.

IGOR: Hay algo raro, con Karen… ¿tú tienes algo con Karen?

MOANA: Todas tenemos algo con Karen.

IGOR: ¿Viste? Lo sabía.

MOANA: Pero sin sexo, hombre, qué primitivo eres. Karen es la mamá de todas, nuestra gurú.

Pero Igor seguía capcioso y eso se notaba. Se le ocurría que los talleres y otras actividades eran una tela de araña, en la que animales manejados por hilos freudianos (hombres) quedaban atrapados (y felices de estar allí todos empegostados), mientras la Viuda Negra cebaba su banquete. Una red de prostitución ejecutiva, pues…

Pasó varios días molesto con Moana. Veía inminente una ruptura. Pensando eso se quedó dormido.

Ahora andaba como perdido por unos pasillos. Olor a cigarrillo en el aire acondicionado. Se deslizó por las paredes porque se sentía ligeramente mareado, “prendido” (como llaman a un estadio anterior a la borrachera). Los pasillos se movían más que él.

Llegó a una sala atestada de humo, música nocturna, iluminación tenue. Aunque no detallaba acción alguna, aquello era una orgía silenciosa. Karen satisfacía a dos que no reconoció. De Marla sólo se veía una pierna que salía y se escondía detrás de un sofá. Buscaba desesperadamente a Moana.

Espiando aquello tras una pared, alguien tocó firmemente su hombro con el dedo.

— Tengo la respuesta…

Y en eso despertó sobresaltado por el tono del teléfono. Adormilado aún reconoció la voz de Moana. Un escalofrío recorrió su espalda, por la casualidad o, más bien, por la sincronicidad junguiana.

MOANA: No somos putas. Pero Karen y yo sí tenemos algo. Y ambas queremos tener algo contigo.

IGOR: ¿Cómo..? ¿Así de simple?

MOANA: Así de simple. Allí radica todo. Está muerta de celos y convenimos que la mejor forma de reconciliarnos es compartirte. A mí no me importa.

Si los pensamientos pesaran físicamente, aquella noche no hubiera podido ni caminar. Lo que más le preocupaba era que el “Sr. Igor” no “respondiera al llamado de la patria”. Pero igual su apéndice sabía alzarse a la altura de los desafíos. Calculó que unos tres güisquis lo ayudarían a relajarse y entregarse de lleno a su menage a trois.

3.
Recoge a Moana y cruza pocas palabras en el camino, ninguna referida al encuentro.

Llegan a un espectacular apartamento. Karen allí, tan maquillada y voluptuosa como Moana, los recibe con copas de champán. Toman unos tragos, Karen invita un joint y se sientan ambas firmemente apretadas contra Igor, a derecha y a izquierda. Moana lo besa apasionadamente y lo invita a degustar mejor el trago. Karen le besa el cuello.

— Apenas has tomado un sorbo, date más.

Pero una embriaguez repentina lo sumerge en un sopor atípico para un simple joint. En vez de levantarse para la ocasión, Igor se precipita en la alfombra.

Voces disipan el sueño o la ensoñación. Gritos cortos, siluetas que se mueven frente a él, un hombre trata de escabullirse. Levanta los pesados párpados, hasta la mitad. Es nada más y nada menos de Guillermo Ostos, Director de RRHH, en calzoncillos tipo short y franelilla, lo acechan tres sombras que vibran en la distancia, femeninas por la silueta, una de ellas desnuda o semi desnuda.

La escena parece una película psicodélica de los 1960. Las mujeres le cortan el paso, una lanza un alocado swing que falla. Acierta el siguiente. Ostos se desploma sobre unas sillas de mimbre. Una mujer masiva, que nunca había visto, sale del cuarto y arrastra al Director de RRHH. Igor respira apresuradamente, para darse energía.

Karen se acerca y trata de inmovilizarlo. Igor se sacude y logra zafarse. Karen le conecta un jab al pómulo que lo embate contra la pared. Moana le cae encima, lo intenta ahorcar, lo llevan a la sala. Es depositado sobre la alfombra, humo, hienas, luces tenues, sale el mujerón y le apreta el cuello, firmemente contra el tapete.

Va y viene su conciencia. Ya no puede abrir los ojos, todo oscuro, perfumes mezclados con cannabis, bamboleo mientras lo sujetan. Igor ni siquiera puede explicárselo a sí mismo, pero aquella forma de morir le parecía erótica, en el fondo. Después del reverse gangbang hubiera sido perfecta. Y sin embargo luchaba por zafarse, con su fuerza disminuida.

Algo distrae a las cortesanas, quizá el remate a Ostos en la habitación, que se escucha como un tiro silenciado. Aquella noche aniquilan a dos machos disruptivos, que no respetaron la jerarquía de las hienas. Sus asesinas, también y después de todo, están medio borrachas, de modo que Karen tropieza sin querer su cartera, o una cartera, que cae cerca de Igor. Cuando abre los ojos buscando oxígeno, mira bajo el sofá un revolver junto a polveras y peines.

El intervalo es minúsculo como las panties de Moana y de Marla, y no sabe con qué fuerza… pero estira el brazo y logra asir la .48. Mientras tanto Moana lo trepa, esta vez para terminar de inmovilizarlo y que Karen lo liquide.

Con lo que queda de fuerza aprieta el gatillo. Un tiro hace un estruendo y le atraviesa el hombro a Karen, todas se alejan momentáneamente. Mareado, con sombras que danzan, se levanta, apunta al azar y corre tambaleándose a la luz. Lo acechan, las repele con el revólver. La grande (Petra) lo apunta y con un simple movimiento lo pudiera abatir, pero Moana le prohíbe disparar.

Karen es sostenida por sus asistentes, una grita desde el balcón pidiendo una ambulancia. Ya se siente la voz de vecinos afuera y sirenas de policía abajo. Otro cadáver no sería nada buena idea. El de Ostos ya sellaba el destino del clan.

Igor abrió la puerta y cayó de bruces frente a vecinos curiosos que, sin embargo, no lo recogieron por miedo. Se levantó como pudo, sangrando, con algo de espuma en la boca, tosiendo. Abordó el ascensor, abajo lo atajó la policía.

 

4.
Sólo una cincunstancia fortuita permitió desmantelar ese clan.

Pero no fue el primero ni será el último. Actualmente, se forman y actúan nuevos grupúsculos. Surgirán más y más, hasta tomar al mundo por asalto ¿o ya lo han hecho?

Este humilde narrador cree que sí. Y nuestro Igor sin aprender, todavía, de las hienas…

 

…………………………………………..
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92 Responses to "Aprender de las hienas"

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  33. Ligia Istúriz (Seleccionada ) says:

    Apenas me repongo de la lectura del relato “Hay que aprender de las hienas “ de Fernando Nuñez Noda. Quizás debería pensarlo, dejar que sedimente. Una impresión instantánea es demasiado emocional… Primero que nada, es obvio que se adentra por otros caminos, pero que al mismo tiempo son los suyos. . Imaginación insondable y lúdica que muestra aun en los más inocentes recuentos. Pero ahora más atormentado, aun cuando también más maduro, como narrador de ficción. Siempre he admirado a quienes, al escribir, juegan con los tiempos históricos con naturalidad, sin que la lógica y la gracia les permitan establecer puertas de cronicidad. Así podría Bolívar perder su BlackBerry, por conspiración de un RIM medieval o lo que sea, sin que la coherencia se altere. Hoy, el solapamiento en el relato de Fernando no es de tiempos: es de culturas: la más avanzada de las instituciones contemporáneas organizacionales – las empresas corporativas, terreno que me es familiar- se confunden de modo aterrador y magistral, al mismo tiempo, con la más primitivas formas del reino animal, con sus más repulsivos representantes, las hienas. Hiénidos . Carroñeros, copuladores, de múltiples episodios y gemidos, de ancestros trituradores de huesos, ahora poseen a perfumadas ejecutivas cultoras del “glamour”. No debo escribir más. Me gustaría volver a hacerlo en un tiempo futuro. Y parece que tendré la oportunidad, porque luce como el inicio de una saga…

  34. "Aprender de las hienas" d @nuneznoda TAN FASCINANTE q ni se imaginarán el final. EXTRAORDINARIO http://t.co/I2f0F0Kd

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  39. Aprender de las hienas | infoCIUDADANO http://t.co/Tpj5yG86

  40. ? says:

    Aprender de las hienas | infoCIUDADANO http://t.co/Tpj5yG86

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