Los amoríos de Plinio

FICCIÓN
Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
29/Abril/2012

La situación era, cuando menos, poco agradable. Nuestro héroe, León,  estaba encerrado en su apartamento, lo cual no tiene nada del otro mundo si León no estuviera realmente encerrado. Sus llaves saltaban en el interior de un maletín prestado a su compañero de casa minutos antes, aunque “prestado” es un decir porque lo tomó al vuelo y manifestó mientras salía (“Me llevo tu morral”). Su celular no lo encontraba, de modo que dedujo que estaba también en el bolso. Lo notó caminando rutinariamente hacia el baño, pero ya era demasiado tarde y también recordó que su amigo no regresaría esa noche, según dijo.

Condenó mil veces su imprudencia, porque sin esas llaves se encontraba, sencillamente, prisionero en su propia casa. Sin teléfono, más aún. Se repitió, mientras exploraba gavetas y gavetitas (había gavetitas en una supercónsola de madera), que era absolutamente vital y necesario salir esa tarde, que no salir esa tarde significaba que lo esperado por tanto tiempo no se cumpliría. Así de simple. Buscó infructuosamente un duplicado de las llaves. Comenzó a recorrer el apartamento. Se tropezó con la puerta principal y comprobó que tenía dos vueltas de acero. Tan obsesionado por la seguridad estaba que había colocado una cerradura indestructible.

A punto de abandonarse al estéril reproche recordó la existencia de un artilugio llamado teléfono fijo y este súbito descubrimiento le pareció un soplo de brisa celestial. El teléfono fijo, vilipendiado, reducido a reliquia… ahora era un portento capaz de liberarlo. El amor nubla la mente, nos hace estúpidos. “Es una trampa de la naturaleza para perpetuar la especie”, dijo un filósofo. Estar enamorado no es lo que afirma el cantante Raphael, sino más bien ser dopado por el instinto  para caer en las garras de la reproducción. Así lo llegó a creer León, porque todo se le había olvidado, incluso la existencia misma del teléfono fijo.

Había problemas sustanciales de comunicación. Su teléfono fijo no permitía llamar a celulares, sólo a fijos, y no obstante y ciertamente tenía el número móvil de ella, atesorado, pero… su número de fijo no. El número fijo de ella, de esa que encarnaba a la naturaleza entre bambalinas, no lo tenía, verdad sea dicha. Y eso que ambos números telefónico siempre habían sido para él los datos más importante del universo, el verdadero nombre de Dios, la fórmula de la Coca Cola. Pero les explicaré, porque cabe una explicación. Ese dato fijo tan copiado en varios lugares por si se perdía, ese dato ya no tenía valor. Le habían cambiado el número ayer mismo. Un problema de llamadas inadecuadas, repetitivas y sospechosas la obligaron a olvidarse de su antiguo número. También quería hacer lo propio con su número celular, pero “una cosa a la vez”, como solía decir. El nuevo sería asignado hoy… o mañana. Y seguramente ella debía llamar cuando notara su tardanza. El mundo, después de todo, no es un huracán sino brisas que aumentan o decrecen su intensidad.

En la cama contemplando el macilento paisaje urbano, escuchó la lejana resonancia de un teléfono. Tardó en percatarse. Súbita e instintivamente corrió a la sala y tomó el auricular con cable de modelo antiguo. Sus reflejos fueron excelentes pero el teléfono ya no sonaba. ¿Se cortó la llamada? ¿Cuántas veces sonó? Recordó que su celular casi con seguridad estaba en el maletín, de modo que dependía del aparato encuhafado a la pared. Vio la puerta principal y se dijo que, de hablar con ella, al menos podría explicarle porqué no se verían. No se convencía del todo, quizá no si no salía, por eso la necesidad irrebatible de salir. El carácter ritual del encuentro no era evidente, al menos como consideración expresada por alguno de ellos. Pero ambos sabían, en el subsuelo del alma, que el valor del evento era simbólico y debía cumplirse.

Tantas promesas silenciosas, corroboraciones de un día en la vida… Además, verla, tocarla, eso era imprescindible (y deseable) para el éxito de su impulso reproductivo… ¡perdón, sublime! Sin poder soportar semejantes aspiraciones, se dedicó a deambular por la casa en agitado pensar. Terminó de nuevo sentado en la cama, viendo sin mirar los edificios poblados por seres normales que no envían sus llaves a pasear con amigos. ¿Qué hacía esa llave en el bolso? León como que la había sacado. El sonido metálico y repetitivo de un teléfono rasgó la capa repentina de abstracción. Corrió apresurado y dejó de escucharlo en el camino. Levantó el auricular y se encontró con el tono de línea habitual. Colgó con cierta desazón.

Los minutos pasaban y ya se acercaba esa tarde, no la de ayer, no la de mañana, sino esa tarde de hoy. El presente más duradero que jamás vivió. ¡Y sin llave y su compañero en un lugar que ignoraba, inasequible… como ella! En pocos segundos, luego de seguir la misma trayectoria anterior (sala, cocina, comedor, cuarto, pasillo) se hallaba una vez sobre la cama, maldiciendo la necesidad de vivir enjaulado en semejantes armatostes de concreto. Miró la montaña azul y envidió la libertad de los pájaros y las nubes. Sonó el teléfono. ¡Otra vez en la sala, sobre la mesa de centro! Corrió hacia el aparato y notó algo extraño: el que sonaba no era el suyo. El repicar cesó. Según la dirección del sonido, venía del apartamento de al lado, pero ¿cómo? si ese apartamento estaba deshabitado ¿se habrá mudado alguien? Miró sin querer el reloj de pared y tragó grueso. Los minutos que separaban ese momento de esa tarde se escurrían no muy lentamente.

Por tercera vez terminó en la cama, experimentando un sudoroso desasosiego, una “silente desesperación”, al decir de Thoureau. Por inercia dejó el celular afuera. Sonó el teléfono. Se levantó violentamente pero detúvose en el acto. El timbre tenía la misma intensidad de las anteriores falsas alarmas, pero no resistió el ir a comprobarlo, por si acaso. Una vez en la sala, rastreó el sonido y advirtió, sin duda pero con angustia, que provenía del apartamento de al lado. Tenía el mismo tono. Nadie atendía, por cierto. Allí estalló León. Propinó puntapiés a un gabinete y a una silla (no debió hacerlo, pero lo hizo), caminó a su cuarto halándose los cabellos varias veces. ¡Ya esa tarde, en cursivas, había llegado! ¡Dentro de media hora debía estar en su nueva casa! Y no podría a menos que se lanzara a volar por la ventana con unas alas de Icaro… ¡Si tan sólo llamase! Le diría… Ella sabría… ¡Cuanto deseaba verla! Perdió León los últimos vestigios de calma. Sonó el teléfono.

Al principio no lo advirtió. Miraba el mitigante espectáculo de la cordillera y, resignado a que el sonido provenía de al lado, trataba de encontrar un calificativo adecuado  a la estupidez cometida, sumada a la vanidad de contestar un teléfono detrás de la pared. Sin su teléfono, y dado que la conexión wifi se había interrumpido inexplicablemente la noche de anoche, no había otro canal de comunicación que no fuera el teléfono fijo de la sala. Pero en una especie de pensar paralelo, comparó la resonancia, la intensidad ¡era el suyo! Se desbocó hacia la sala, notó en el trayecto que en efecto era el suyo y no otro. Pensó en ella, su dulce amor, esperando pacientemente con el auricular en la mano. Lo levantó enardecido y sólo atinó a escuchar su voz, bella y lejana, como un susurro impreciso decirle a una tercera persona: “… nadie contesta, ya debe haber salido” ¡Cling! ¡Dios mío! ¡Se demoró tanto en contestar! Era ella, su razón de ser, el objeto de su pasión ¡y no podía ser que creyese que él no estaba, no! ¡El viejo teléfono fijo no registraba las llamadas entrantes! ¡Debía intentarlo otra vez! ¡Era ella! ¡Era su voz! La exaltación  de León se multiplicó, echando a andar la enfermiza caminata. Sonó el teléfono. Lo tomó con dedos temblorosos.

LEÓN: Aló.

VOZ: Aló, Plinio, por fin atiendes Plinio ¿qué te pasa, Plinio, te me escondes? Plinio…

LEÓN: Disculpe, señora, debe estar equivocada, aquí no vive ningún Plinio.

VOZ: ¿Ese no es el 3818118?

LEÓN: No, no es ¡Buenas tardes!

Colgó bruscamente. Enterró sus dedos en el cabello. Sentóse en el sillón. Sonó el teléfono. Lo levantó maquinalmente, lleno de frenesí.

VOZ: Plinio ¿eres tú?

LEÓN: ¡Señora, le digo que está equivocada!

VOZ: ¡Señorita, para la próxima! ¿Ese no es el 8818118?

LEÓN: No.

VOZ: ¿Qué número es ése?

LEÓN: Estoy esperando una llamada importante, disculpe…

VOZ: Mire, señor, dígale a Plinio que si no quiere hablar conmigo que me lo diga él personalmente y no con intermediarios.

LEÓN: ¡Aquí no vive Plinio!

VOZ: ¿Ese no es el 3818118?

LEÓN: No, este es el 3811881, se parece, usted marcó mal.

VOZ: ¿Esa no es la Urbanización Pasteur?

LEÓN: Sí…

VOZ: ¿Avenida Principal?

LEÓN: Sí, señorita.

VOZ: ¿Residencias Anfisbena?

La coincidencia lo desconcertó.

LEÓN: Sí, éstas son.

VOZ: ¿Apartamento 10B?

La coincidencia los desconcertó aún más.

LEÓN: No, éste es el 10A, usted está tratando de llamar al apartamento de al lado ¿lo ha intentado varias veces, verdad?

VOZ: Sí, muchas y quizá en varios descuidos he marcado su número ¿conoces a Plinio?

LEÓN: No ¿desde cuándo vive allí?

VOZ: No sé, lo conozco desde hace poco y creo que no vive allí propiamente sino con un conocido, en otra parte, además, recién averigué su teléfono, me lo dio Gertrudita, ¿estás seguro de que no lo has visto?

LEÓN: Quizá en el ascensor ¿cuál es su nombre completo?

VOZ: No sé, creo incluso que ese no es su nombre verdadero…

La voz de la mujer era sensual y vibrante, fogosa más que romántica. León se perdió por segundos, hasta que su visión extraviada tropezó con el reloj de la pared.

LEÓN: ¡Discúlpeme, señorita, pero…

VOZ: Llámame Nina…

LEÓN: … Eh …Nina, espero una llamada muy importante, nos vemos…

NINA: ¿De la novia?

LEÓN: Sí, digamos que sí, es muy importante.

NINA: ¿Sabes? Tienes una voz concupiscente…

LEÓN: ¡Gracias! Debo colgar, hasta luego…

Colgó, pero en su mente persistió el sonido ardiente de Nina (además de la extraña palabra, cuyo significado ignoraba). Sin embargo, en fracciones de segundo sólo pensaba otra vez en aquella de quien deseaba escuchar, más que a cualquier otra cosa en el mundo. Recorrió de nuevo la casa, se sentó en su cama. Lágrimas de rabia eran difícilmente contenidas. Incluso explicar lo sucedido podía no ayudar, porque indicaba un sino, una inevitabilidad. ¡Ella ni siquiera podría entrar! Sonó el teléfono, corrió, era el de al lado. Nina no se daba por vencida. Volvió a su cuarto, miró La Montaña y pensó si no era mejor darle una excusa extravagante: “Me voy ya para Cutisiapón a resolver un problema familiar”. Sonó el teléfono. Insultó en su mente a Nina, cuyos repetidos intentos causaban parte de su exasperación. Pensó que la angustia era justa respuesta a la ira que produce el no planificar coherentemente el curso de nuestros pasos en el ancho camino de la vida, pero… ¡un momento! ¡la intensidad, la resonancia! ¡era el teléfono de León, no el de al lado!  Corrió a la sala. Alzó el auricular. Sólo atinó a escuchar: “…¡que raro, si estaba ocupado!”. ¡cling! León lloró, colgó bufando. Arrancó de cuajo la cortina y se desplomó con furia sobre el sofá. Su amada había colgado sumida en la duda, quizás decepción. Sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: Aló, Plinio, mi vida, ahora sí eres tú.

LEÓN: ¡Nina, estás equivocada! ¡Cuelga!

NINA: ¡Ay, pero si hablas como Plinio! ¿No será que me quieres vacilar, Plinio?

LEÓN: ¡Qué vacilón ni que ocho cuartos, estás equivocada! ¡Cuelga!

NINA: ¡Igualito, igualito! ¿No serán hermanos? ¿Cómo te llamas?

LEÓN: ¡León!

NINA: ¡León! ¡Bello nombre! Después de todo mi relación con Plinio tiende a eclipsar, por lo cual no sería deletéreo que tú y yo quizás nos conociéramos, a mí me gustaría…

León sudaba frío, veía con tensa perturbación las manecillas que le decían que estaba cuarenta y cinco minutos tarde.

LEÓN: Hagamos algo.

NINA: Tú dices…

LEÓN: Llámame más tarde, por favor ¿ok?

NINA: Si quieres te doy mi número…

LEÓN: No tengo con qué anotar a mano, yo…

NINA: Entonces ¡chao! no me gusta estar llamando hombres, a menos que se trate, por supuesto, de mi Plinio ¿estás de verdad, pero de verdad seguro de no conocerlo?

LEÓN: No y adiós.

Colgó iracundo. Estaba casi una hora atrasado. Tenía que pensar en algo, si no, estaba perdido. Dando vueltas de aquí para allá recordó a Esteban. ¡Esteban! ¡No lo había recordado! Era el hermano de ella, vivía por su cuenta y creía León, podía tener su nuevo número. Claro, el número de su mamá y de su hermana, cualquiera está pendiente. Buscó en el reverso de un cuaderno de poemas vanguardistas, garrapateado, el teléfono de Esteban. Lo marcó impacientemente, equivocándose repetidas veces debido a la prisa. Entre otras cosas deseó que Nina cumpliera su promesa de no llamar más. Al final cayó el número, luego de interminables repiques.

LEÓN: Aló, con Esteban, por favor.

ESTEBAN: Con él habla ¿quién es?

LEÓN: Es León, necesito un favor.

ESTEBAN: Épa, qué más, dime.

LEÓN: Quiero el nuevo teléfono de tu hermana ¿lo sabes? tú sabes, su teléfono que no tengo porque lo pusieron ayer, necesito llamarla, no lo tendrás, por casualidad.

ESTEBAN: Me has agarrado en pleno baño. Me lo dio mi mamá esta tarde. Espera que me seque y te lo busco. Te llamo en un minuto.

León colgó con cierto suspiro de alivio. Se sentó ya tranquilizado, en el sillón. Fue a su cuarto a buscar un cigarrillo, para celebrar. Sonó el teléfono, corrió a atenderlo.

LEÓN: Aló.

NINA: Oye, León, pensándolo bien, tu voz me ha impactado al punto de desear llamarte otra vez…

LEÓN: ¡Oh no! Mira, Nina, a mí también me gustas, pero ahora espero dos llamadas importantes.

NINA: Pero ya no tienes que esperar. Una llamada importante es la de tu novia, otra la mía y aquí estoy. ¿Te gusta la discoteca “Lost” o el Cabaret Odradek? Citémonos en uno de esos sitios esta noche… Me gusta la piña colada con cerezas y…

LEÓN: Nina, te lo ruego, cuelga… o dame tu número.

NINA: 9415422.

León fingió anotarlo.

LEÓN: Ok, ya está. Te llamo dentro de un momento.

Colgó. Esperó un rato, fue al lado. Sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: Oye León, sospecho que quieres deshacerte de mí.

LEÓN: No, te lo juro.

NINA: ¿Para qué me vas a llamar más tarde si nos podemos citar de una buena vez?

LEÓN: Está bien -disimulaba su deseo de insultarla- esta noche en el Cabaret Odradek, a las ocho en punto…

NINA: ¿Seguro que no lo dices para salir del paso?

LEÓN: No.

Colgó un poco más desesperado. Los minutos se hacían tan pesados como un conflicto de conciencia. Sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: ¡León, es Nina! Se me ocurrió que si vamos a salir esta noche, ya no importa la llamada que esperabas y que podremos hablar un poco más sobre nosotros.

LEÓN: ¡En el Odradek, a las ocho!

Colgó furioso. Sonó el teléfono.

NINA: ¡No te creo León! Yo soy una mujer grande. Ni siquiera me has dicho cómo eres o cómo irás vestido.

LEÓN: ¡Nina, por favor! Soy de mediana estatura, pelo negro, iré vestido de gris con corbata de rayas rojas. Me sentaré al final de la barra, pediré un trago de whiskie y un plato de manís. ¡Hasta luego!

NINA: Pero ¿cuál es tu prisa? ¿Aún esperas la llamada.

LEÓN: Sí, espero la llamada.

NINA: ¿De tu novia?

LEÓN: ¡Sí!

NINA: ¿Y tú no tienes su número?

LEÓN: No, es nuevo, empezó a funcionar ayer…

NINA: Bueno ¿y para qué hablar de ella si vamos a salir juntos esta noche? No me montes cacho. ¡Estoy tan emocionada!

LEÓN: Deseo decirle que no podré verla esta noche, ¿eres tan amable de permitirme al menos eso?

NINA: ¿Me hablas en serio?

LEÓN: Claro.

NINA: ¿Cuál es mi teléfono?

LEÓN: Quedó registrado aquí en mi teléfono. Y si no me crees entonces no vale la pena que nos veamos.

NINA: ¡Está bien, no cuelgues!

León colgó sudoroso. Su teléfono fijo, por cierto, no registraba los números entrantes (ni salientes). Luego de minutos eternos, sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: Es Nina, estaba aburrida y se me ocurrió… ¿Te gusta Pilates o las dietas überbióticas?

LEÓN: ¡Nina, anda pa´l carajo!

Colgó cegado  y creyó haber cometido la estupidez de descomponer el pobre teléfono del golpe. Marcó el número de Esteban y para su contento el aparato funcionaba normalmente.

LEÓN: Aló, con Esteban por favor, es León…

LA NOVIA DE ESTEBAN: Te estuvo llamando pero estaba ocupado. Salió un momento al automercado, regresa en pocos minutos.

LEÓN: Dígale que me llame, por favor, es urgente, gracias.

Colgó. Sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: ¡León, ningún hombre se atreve a insultarme, ya verás cómo el destino hará que seas tú quien me busque, quien me llame, quien se arrastre por mí! Ya escucharé tu voz suplicante mendigar una brizna de mi amor en ebullición…

Colgó. León no fumaba mucho, pero fue por un cigarrillo. Sonó el teléfono. Lo encendió. Repicó por segunda vez. Dio una bocanada. Por tercer vez. Otra bocanada. Cuarta vez. Bocanada. Sexta vez, novena vez. En un espasmo, corrió hacia el aparato al no resistir la tentación y el miedo. En el camino sonó cuatro veces. Levantó el auricular con escepticismo. Sólo atinó a escuchar: “…Es inútil, no quiere hablar conmigo”, ¡Cling! ¡La voz de ella y no de otra! Lloró de asco por la vida. Sonó el teléfono.

LEÓN: Aló.

NINA: Aló, es Nina, pensé que tal vez un conocimiento cabal del Yin y Yan, podría canalizar la energía de tu ser oscilante en el éter elástico de…

Colgó León deseando tener el cuello que albergaba esa voz (ahora le parecía vulgar y licenciosa) entre sus manos y apretarlo hasta dejarlo sin aliento. Sonó el teléfono. Lo levantó sin esperanzas.

LEÓN: ¡Mira Nina…

ESTEBAN: Soy yo, Esteban -a León se le ilumnió el rostro- aquí tengo su número, el número de ella, anota….

LEÓN: Espera, no tengo con qué…

Arrancó gavetas, casi echa abajo la biblioteca, rasgó lencerías y escarbó en todos lados buscando un lápiz, en su defecto tomó una tijera.

LEÓN: Dime Esteban.

ESTEBAN: Anota: nueve cuatro uno cinco cuatro ventidós.

León cinceló los números en la calcárea pared. Por fin, respiró aliviado.

LEÓN: Gracias, hermano, gracias…

El mundo recobraba su normalidad, su orden y -por qué no- su belleza. Se sentó, respiró profundamente, se secó con calma el sudor y contempló la -incluso elegante- escritura cuneiforme sobre la límpida pared. Cuando se disponía a marcar, sonó el aparato.

LEÓN: Aló.

NINA: Aló, es Nina, ¿sabes lo que hizo el canalla de Plinio?

León -número salvador en mano o en pared- quiso reivindicarse con su parlanchina amiga.

LEÓN: Nina, disculpa mi reacción anterior…

NINA: Será difícil, aún no retiro lo dicho. Pero, cambiando el tema ¿sabes lo que ha hecho el canalla de Plinio? Recién me entero.

LEÓN: ¿Qué hizo?

NINA: Se escapó con mi hermana, que era novia de un conocido suyo… Nos ha dejado a todos petrificados.

LEÓN: Bueno, lo siento por él. Nos vemos…

NINA: No, tú perdiste la oportunidad conmigo. No me llames, porque sólo sufrirás con mi voz. No te concederé el placer de mi cuerpo, aunque es posible que te perdone…

León colgó con cierto sosiego, como olvidando el último rastro de aquella locura de varias horas. Discó con calma el número de su amada: nueve cuatro uno cinco cuatro ventidós y la voz Nina le heló la sangre.

NINA: ¡Ajá! ¿No te dije que terminarías llamando y que mi voz sería dolor? Si no venías hoy ella te dejaba por Plinio. Plinio es un tipo muy inteligente, le gusta pedir bolsos prestados. En cuanto a mí, te juro que no me agrada el cabaret Odradek pero sí el Capuyo de Luna, porque tocan tecnoboleros de Galol Gollit y las cerezas son más dulces y …aló, aló, ¡ay si, ya te enfureciste, niño orgulloso! Mi hermana tiene una sospechosa simpatía por los versánicos y (RISAS) ¡ay Plinio te dejó encerrado! En cuanto a ella, de verdad, verdad, mi querida hermana… no sé, en realidad creo que jamás llegaremos a entendernos…

Tono de colgado.

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ILUSTRACIÓN: Lúdico para infoCIUDADANO.
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