Dados en ofrenda

FICCIÓN
Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
11/Marzo/2012


I. Salomón había sido disperso y descuidado. Como todo hombre, un dormido, uno que persigue lo que ya ha dejado atrás. Tenía grandes ideas pero pobres realizaciones. En general sus pensamientos iban por un lado y la vida por otro, como dos hilos de agua que nunca se tocan.

De joven era desidia -decía él- pura molicie. Ya de adulto, sin embargo, “fue un hedonismo intelectual, una forma bastante autogratificante de perder el tiempo”. Se percató de ello, no crean, desde muy joven pero sólo al traspasar los veintiocho años decidió luchar con ahínco por un estado superior de vigilia. “¡No más palabras vacuas!”, díjose una mañana de sol ardiente.

Según su evangelio personal, para penetrar la realidad hacía falta limpiarse, transparentarse y aceptar todos los haces de luz que despide el agitado mundo. Era necesaria una disciplina que obedeciese los mandatos superiores de la sabiduría y no la voluptuosa invitación del deseo, lo cual era difícil para un joven solitario.

Después no, porque vino la conversión, pero antes sí, porque no venía. No fue una iluminación católica pero tampoco totalmente no cristiana. El camino fue intenso, como se desprende de las páginas del cuaderno.

Noctámbulo y devorador de libros, Salomón era recogido y esquivo. Sus huesos elásticos podían mantenerlo firme por un buen rato. Era capaz de “inmovilidad prolongada, sobre todo mirando sin ver, en un extraño sopor”, según sus palabras.

Vivía retirado y no suscitaba curiosidades particulares. Chacao en la segunda década del siglo XX y las haciendas allende Los Caobos eran apenas el solar de una ciudad que aún no se tragaba a sus hijos.

La palabra “voluntad” se hacía clave. Si el hombre era albedrío ¿no podía guiar sus pasos de acuerdo con una poderosa ley ética? Poco probable, pero digno de intentarse.

Luego de esta transformación el universo debía ofrecer un nuevo aspecto, más profundo, más exuberante, más cercano a “lo que es”. Si no conocíamos esa verdad y vivíamos en ella, no podíamos ser libres y por tanto la voluntad se convertía en ilusión de independencia.

Salomón jamás definió esa verdad y a nosotros tampoco nos resulta indispensable para el desarrollo de la historia. Su filosofía estaba enraizada con la vida, punto. No era un mero producto intelectual. Buena parte de sus escritos resulta incomprensible porque expresa una mitología personal cerrada, consistente y fatigosa, que sólo él entendía.

Según mis investigaciones -por no decir “mis especulaciones”- Salomón se inició por el duro (durísimo) afán de doblegarse a sí mismo. En sus manuscritos hallamos decenas de referencias a la cuestión teológica de la libertad o el determinismo.

Cito un párrafo: “La Biblia, por implicar una mentalidad mágica que nuestra época no quiere compartir, permite que el albedrío y la predestinación coexistan, como una urdimbre de hilos manejados por Jehová y perturbados por Satán.”

Todo dentro de la ignorancia, claro, porque terminamos con “un engañoso desconocimiento del futuro que se confunde con el azar”. En el marco cultural de su educación judía, las escrituras cristianas venían a ser un tapiz nuevo: una revelación, un auténtico génesis. Las devoró como si fuesen las “Aventuras de Arthur Gordon Pim” de Poe, mitad no creyendo, mitad creyendo todo.

Leer a Lucas o a Juan, después del Tora y el Talmud estrictos, sin contacto previo excepto peyorativo, provocó una sacudida en su teatro de operaciones.

Ya el Antiguo Testamento, que sí conocía, había sembrado suficientes suspicacias. La historia de Moisés lo electrizaba. Un siervo sometido, en forma expresa, a una “voluntad de Dios” que resulta no menos insólita y arbitraria que el viento del desierto.

Parece que esta paradoja, la de un individuo dueño de sí mismo pero condenado a “hacer” una voluntad ajena, lo perturbó bastante, porque él deseaba que la vida se condujese por un camino liso, sin grumos metafísicos, cosa imposible en la Biblia y, sobre todo, en el ancestral discurrir de su pueblo judío.

Para Salomón la magia tiene un (alto) precio y puede ser agobiante: fíjense lo que le ocurrió al barbado paladín, le fue dada una magia que se hizo real pero igualmente inexplicable e incluso cruel. Moribundo y exhausto, se le dejó mirar muy de lejos la Tierra Prometida para garantizársele, por vía divina, que jamás la pisaría. Cuanta crueldad…

Moisés habría de preguntarse para qué todo eso y, sobre todo, por qué así. “Esa segunda mirada, más temeraria que temerosa, es la que veo en el Moisés de Miguel Ángel. En ese rostro se concentra una intensidad terrible: ira contra Dios.”

La historia de Job, para Torio, tiene una perspectiva ética más intensa y más avanzada, porque requiere como premisa que no haya para Job evidencia física de la existencia de Dios, lo cual el “Hijo de las Aguas” tuvo hasta el hastío. Creer sin pruebas constituía para nuestro filósofo un principio ético fundamental, porque le impelía a realizar acciones que, de acuerdo con el análisis lógico de sus objetivos, eran absurdas.

Job le enseñó que muchas supuestas “verdades científicas” eran espejismos y que los objetos de la fe podían engendrar teorías fácticas, dado que en ambos casos se buscaba la verdad de los hechos, no importa si materiales o espirituales. Salomón observa en Job un Dios más sagaz…

El Nuevo Testamento le mostró que Cristo es lo supremo porque libera al hombre de un temor recóndito. El cristianismo se transformó en “la cristiandad”, es cierto, con toda su carga de culpa, pero Cristo siguió superando para Salomón todas las perspectivas y estaba en un punto que anulaba la dicotomía determinismo-albedrío.

Para Torio hay dos tipos de religión que provienen de Cristo: uno, el que se quiera vivir en uno mismo con Cristo y, otro, el resto de la cristiandad, desde el Vaticano hasta Canterbury. Buscó el primero.

Entre 1911 y 1916 recorrió Europa: Bilbao, la Toscana, Antioquía, en pleno furor que dejaría al mundo la mayor guerra hasta entonces, el Tratado de Versalles y la Revolución Rusa.

En su periplo de lectura, al lado de los religiosos falsos había una raza incluso más respetable: los ateos geniales, que renegaban contra la totalidad, contra la trascendencia, pero no podían evitar tampoco ellos un residuo de mentalidad mágico-religiosa.

Nietzsche postulaba una costosa libertad desplomada en la nada…”aunque ebria de un licor dionisíaco, para consuelo del hombre póstumo”, según palabras de Torio.

Salomón hace múltiples referencias a estas tempranas lecturas del Antiguo Testamento, los Evangelios, Pascal, Kierkegaard y el “primer hombre del siglo XX”. Se siente el placer de citar lo escrito durante ese convulsionado periplo.

Capítulo aparte ocupan Pablo y Juan. Según Salomón, los casos extremos de la clarividencia. Sus tempranas lecturas de las epístolas paulinas, así como los alucinados cataclismos del Apocalipsis, le ayudaron a prepararse para una prueba de fe.

Salomón afirma: “Saulo de Tarso, Pablo, produce la más perfecta definición de fe jamás hecha: ‘Expectativa segura de cosas por venir; demostración evidente de realidades aunque no se contemplen.’ (Hebreos 11:1).”

El otro presenta una mitología completa, capaz de darle forma a los cielos y a los infiernos de la civilización humana de los últimos dos mil años. El Apocalipsis da permiso a los piadosos a ser escatológicos, voluptuosos, incluso abiertamente alucinados (ello es, intoxicados). Sus imágenes claman a los aires que Dios, o una excitación emotiva e intelectual muy fuertes, causaron en Juan de Patmos el cenit de la literatura mágica.

Todas estas experiencias las fue vertiendo Salomón en su retorta alquímica, a veces como quien mete guijarros casuales en un saco, siempre con la conciencia de un destino por cumplir, así de nada sirva.

Claves importantes surgieron de vetustos libracos que en el pasado de nuestro alquimista fueron llamados ocultistas, heréticos, demoníacos. Él cita tratados sobre teosofía hindú y libros iniciáticos de diversa índole. Hoy día el ocultismo trata fórmulas crípticas para ganar la lotería, pero en época de Salomón…

La prosa de Salomón es fragmentada. Aforismos, poemas en prosa y uno que otro ensayo de cierta extensión. Confieso que mi fascinación por la lectura aumentaba a medida que el material disminuía. Era como la vida misma: mientras mejor escribía menos lo hacía, hasta el punto que su mejor página fue la última, absolutamente vacía.

Sin el menor trazo de tinta, íngrima, esa página le dio un martillazo al gong dormido que llevo en el fondo del cerebro. Por lo demás, el resto de la reconstrucción no es tan afortunada, porque a medida que Salomón intensificaba su experiencia dejaba de expresarla… y este humilde transcriptor hubo de especular para construir una historia.

Salomón dejó una obra literaria incompleta. Y como ninguna obra literaria puede ser efectivamente completada por otra persona, sólo he podido confeccionar este reportaje cuasi analítico. Lástima.

Un día Salomón hizo el primer gran descubrimiento alquímico: “Hay que tener voluntad para tener voluntad”. Es decir, asumirse abúlico, presentir la vigilia como quien imagina -en un entresueño- la habitación y el inminente salto al despertar. Para Salomón, por cierto, esta vigilia física significaba, todavía, seguir dormido.

Había que doblegar el azar y hacerlo, más, un destino. ¿No es esto un someterse demasiado? Implicaba sacrificar la espontaneidad: cosa difícil si no se sabe si va a servir para algo.

Pero muchas privaciones requiere el estar lúcido y Salomón se concentró en un acto (o cadena de actos) que ejecutó no sin zozobra para hacerse fuerte de tanto exacerbar la debilidad.

Tuvo una idea genial que él, por primera y de una vez, acompañó con un impulso que lo puso por entero más allá del mundo.

II. Salomón ideó lo siguiente. Compró un par de hermosos dados de nácar. Se adiestró contra unas esquinas de fieltro e incluso cruzó apuestas clandestinas en salas atestadas de humo.

Al poco tiempo las abandonó, una vez encontrada la técnica para lanzarlos que consistía, básicamente, en un puño casi abierto que batía los dados en giros cerrados y los soltaba como esferas momentáneas. Cuando los dados ya no podían sostenerse en sus puntas, caían grácilmente sobre un tapiz verde.

Los resultados eran, virtualmente, aleatorios, lo cual daba a los lanzamientos una condición ética perfecta: perseguir una finalidad sin fin.

Se impuso, entonces, una rutina. Todos los días lanzaría los dados repetidas veces y anotaría los resultados en una libreta. Al principio, sólo le interesaba la distribución cruda de frecuencias.

Un dado era amarillento, a ese lo llamó Dado A. El otro verdoso: Dado B. A cada lanzamiento le asignaba un número comenzando por 1 y cada evento tenía tres datos: el resultado del Dado A, el del Dado B y la suma de ambos.

Como complemento histórico, los lanzamientos se agrupaban en las hojas de una gran libreta por día y hora. Por ejemplo, el primer lanzamiento se registra así: Lanzamiento 1, 2 de diciembre de 1919, 11:14 am.: Dado A: 5; Dado B: 3; Total: 8.

Desde entonces podía contestar preguntas simples: ¿cuántas veces ha salido el tres en un dado o en el otro? ¿Cuántas veces los pares del dos o el seis en ambos?

Salomón experimentó con la paciencia de una oruga, pero sus registros sólo mostraban un azar común y corriente. La técnica manual, por tanto, sólo servía para lanzarlos contra fieltro o cualquier otra superficie. Buscar un artificio mecánico para provocar resultados era lo último que le interesaba a este experimentador, porque se trataba de producir un hombre, no un tahúr.

Y, en el fondo (como esto es una finalidad sin fin y una paradoja) sí buscaba provocar resultados, sólo que, como diría Valle-Inclán, visto el asunto “en un espejo cóncavo”.

Los dados eran, si acaso, circunstanciales, rituales, totémicos. El meollo de la cuestión era una operación alquímica: provocar resultados sin preparación fraudulenta de los dados ni técnicas de lanzamiento especiales.

No se trataba de excluir lo físico y creer que se podían provocar resultados específicos con puro esfuerzo mental. Al principio, sí, por cierto, era indispensable ejercitar la concentración, sobre todo para lograr la voluntad, pero después el proceso requería el auxilio del cuerpo, de sus fluidos y burbujas de aire, del peso ejercido hacia el suelo…

Antes de pensar siquiera en provocar resultados, Salomón debía luchar por tener voluntad para tenerla. Es decir, hacerlo sin miramientos y sin mediocridad.

“Lanzar los dados todos los días” suena fácil, hasta que se interponen los trabajos y los días y en un momento dado el evento puede estar absolutamente fuera de lugar. Días de trabajo arduo, compromisos inesperados, malestares o placeres físicos, enfermedades, nada podía evitar la disciplina. En eso radicaba el éxito.

El logro inicial -y eso lo supo Salomón mucho después- consistía en mantener el itinerario. El resultado de los ensayos (tres, ocho, dos) importaba menos que el hecho de ejecutarlos.

Día tras día, decidido, realizaba sin apuro su rito voluntarista, su ceremonia de fortalecimiento. Al principio se hizo un tanto artificioso, dada la absoluta privacidad que requería. Cuarto cerrado, más de noche que de día, ventana vigilada desde adentro.

Lo insoportable e incluso cómico de su acto era que el resultado no expresaba una voluntad, sino un azar, una distribución aleatoria de cifras donde cada número tenía la misma vulgar probabilidad de salir y, por cierto, la misma incertidumbre.

Luego de una rigurosa repetición, que se prolongó por largos meses, decidió, por fin, concentrarse en un solo número. Por casualidad o por misticismo eligió el siete. Cifra mágica: número sagrado del Apocalipsis, suma del menor y mayor número de un dado.

El siete como símbolo es suficiente tema para llenar un libro. Salomón tenía su propio catálogo, donde citaba muchas poderosas e interesantes razones.

Tómese ésta, de la página 28 de la libreta: “Si colocamos en una fila los números del dado A y en dirección contraria los del dado B se produce la siguiente suma:

 

 

 

Ahora bien, lanzados los dos dados sin importar el orden de los sumandos sino la suma total, se produce la siguiente tabla de probabilidades:

 

 

 

 

 

 

 

“Simétrica como un espejo que, perpendicular, refleja un incisivo rayo de luz”, apuntó.

Ya asumido el número, se propuso arrojar los dados 123 veces diarias y anotar los resultados.

Es obvio que, en circunstancias normales, el mencionado resultado debía aparecer una treceava parte de las veces, si consideramos que lo importante es el resultado (7) y no cuánto tiene uno u otro dado. Esto lo hace uno de los tres números con mayor probabilidad de aparecer, por cierto, aunque esto no afecte en absoluto el grado de dificultad de la prueba.

Por ejemplo, debe tomarse en cuenta que el enfrentamiento no ocurre entre el 7 y los demás números por separado, sino juntos, ello es, con su probabilidad conjunta (13,7% vs. 86,3%). Entre cada 7 ocurrían más o menos seis resultados no favorables.

A veces aparecían dos y hasta tres sietes seguidos, pero los registros, extendidos en el tiempo, marcaban una regularidad que a Salomón se le antojaba invencible como la gravedad. No había el menor indicio de una alteración del proceso físico de lanzamiento.

Muy compacto este experimento, muy poco dado a la publicidad, para que Salomón se hiciese un individuo notorio y comunicativo. Su vida transcurría, más bien, en forma camuflageada, como quien esconde un gran propósito y cree perjudicial para su realización que los beneficiarios de la obra se enteren. Logró escapar por esas grietas de la historia, no del todo infalibles, capaces de borrar su recuerdo en un perfecto “allí no pasó nada”. Quizá ese anonimato permitió realizar las hazañas.

Yo lo imagino delgado y no dado al comer abundante, anacoreta de piel, teólogo inevitable. Mujeres ocasionales y anónimas. A veces probaba licores extraños, cocía tés de mil sabores, a veces bebía con los campesinos pasajeros, lejos de la ciudad y no sabía cómo regresaba en aquel oscuro zigzagueo.

“Ebrio y embriagado… embriagado de vigilia, a veces embriagado de incertidumbre. Casi siempre de incertidumbre. Todo eso visto con la lente de la ironía, una ironía que cuestiona a Dios y me inmola”.

Superado este breve furor espirituoso -que no espiritual- quedó establecida la disciplina. Salomón comenzó a experimentar pacientemente. Los resultados de los primeros años parecerían decepcionantes a cualquiera, pero Salomón no era cualquiera, al menos en cuanto a paciencia se refiere. El 7 aparecía en la proporción que predecía la estadística: 13,7% de las veces.

La prueba comenzó en 1919. “La voluntad se logra”, escribía para entonces, “con una dosis adecuada de fe.” Según sus estimaciones resultaba bueno que, al principio, las cosas se dieran exactamente contrarias a sus deseos. Así aprendíamos a necesitar la fe.

El primer año lanzó los dados 44.280 veces (según el diario falló cuatro días) y anotó un mismo número de líneas de la forma: a + b = c, donde a representa el valor del dado A; b el de B y c el resultado.

Los valores entraban en aquella firme región donde la predicción juega su falaz papel de absoluto. Había rangos, cierto, pero los datos previstos no podían escapar de sus feroces límites.

Pasaron doce meses y los tabulados estadísticos no variaban. Incluso, para hacerlo más difícil, dispuso un horario aleatorio para los lanzamiento. Verbigracia: el lunes a las 2:00 p.m.; el martes a las 11:30 p.m.; el miércoles a las 3:35 a.m.; el jueves…

Si se presentaba un adusto mensajero y le informaba que, para hacerse acreedor de una inmensa fortuna heredada, debía estar en el lugar tal a las 2:00 p.m. el próximo lunes, Salomón lo acompañaría cortésmente a la puerta y lo despediría: “Gracias pero no puedo, tengo tareas impostergables para esa hora del lunes; envíele condolencias a los parientes”. Sin vacilar.

No se proponía siquiera adaptar los lanzamientos a la vida diaria, sino justamente lo contrario. Había que transformar el azar en destino.

Si al ritual se iba con incomodidad o con esa soterrada sensación de ridículo o sinsentido, no se lograba la concentración adecuada.

Rozando el final del segundo año, el rostro de Salomón lucía más grave, más recóndito. Sus pasos eran más firmes y, sin embargo, más ingrávidos; sus palabras se hacían menos numerosas.

Este cambio de personalidad no se correspondía, sin embargo, con un vuelco en los resultados. En dos años había lanzado los dados 89.175 veces y sus sietes correspondían, penosamente, a un treceavo del total. Ante esto cualquiera palidecería, pero Salomón sonreía, más bien, porque lograba lo más importante: tener voluntad para tener voluntad. ¿Había mejor recompensa? Sí, primero; no, después.

Al promediar el segundo año, Salomón ya no trabajaba. Se limitaba a realizar complejos cálculos para una sociedad secreta difícil de ubicar y parece que ganaba suficiente dinero con esta y otras labores intelectuales, porque nunca necesitó despedir a la señora y al campesino que lo asistían.

Al tercer año estalla la crisis. Escribió el primero de enero de 1922: “La desesperación y el hastío nos arrancan las mejores líneas, sin duda alguna. La desesperación contenida, producto de tantos decaimientos. Estos decaimientos son debilidades, faltas de fe, porque si hay algo difícil en esta vida es tener fe.”

No los resultados, sino el hecho de que fuesen esos resultados sumió a Salomón en una desazón peligrosa, iconoclasta, que quería derribar el rito. Cuán ridículo, cuán estúpido, cuán inútil. Pero seguía.

Transcribo un poema escrito tres años y cinco meses después del primer lanzamiento:

A VECES
(1923)

Esperando el lúcido día espero
Impaciente mas tranquilo
Empero
Sosegado de costumbre
En el no llegar de siempre
Día de luz yo quiero
Entendimiento que dé paz, no miedo
La mágica intuición me advierte
Que muchas lunas nos separan
Alguna vez el crepúsculo traerá
Algo más que desaliento
La semilla, tal vez, de advertimiento
Donde todo sea uno, así lo siento
Y es entonces cuando el grito de lucha calla
No por hastío mas por reposo ansiado
Anhelo que los rápidos que crispan en el río
Se tornen en un trecho de sosiego
No me sumo por ahora a la esperanza
Pues el ansia sin incertidumbre
Sería vana
Anhelo que los rápidos que crispan en el río
Se tornen en un trecho de sosiego.

El escepticismo, demonio inspirador de la nueva filosofía, lo tentaba terriblemente. Acaso se preguntaba: “¿Para qué hago esto? ¿Y si al final la fe es otro engaño y se nos va la vida esperando lo que no puede venir? ¿Para qué sacrificar la espontaneidad?”, etcétera, etcétera.

Mas, a la vez, siempre sospechó y a la postre supo que esa era la voz del demonio, su demonio que le ofrecía la comodidad de la negligencia. El poema responde a una exasperación, un hastío, un deseo ferviente de ver salida o paz (“Anhelo que los rápidos que crispan en el río…”).

Era la etapa más difícil de la fe: creer sin demostración, sin fenómenos observados, sólo con un fulgor indescriptible en el corazón. La desesperación nos hace presa fácil en esas circunstancias y parece que una ligera transgresión a la disciplina no puede ser tan grave.

La ligereza tienta con sus maravillosos puntos medios, que todo lo permiten. Les obsequio, a mi juicio, uno de los mejores fragmentos que escribió a contrapluma, fechado 1923:

JOB: SÍMBOLO DE LA IMPACIENCIA
He creado un monstruo que ya no puedo controlar: yo mismo. He amado demasiado la vida y he caído en la tentación de interrogar al insondable vacío de la noche. Como sólo me responde el viento he gritado a las olas del mar: “Quiero símbolos: penachos de nubes que asemejen letras; un ángel volando sobre el rompiente de la playa; una música que estremezca los cimientos de la plaza…

El mundo, la vida, la cultura ¡qué ambiguos estos símbolos! Yo he querido mensajes más inmediatos y, si me perdonan, espectaculares.
He creado un monstruo: yo mismo. Un monstruo escapado, impaciente, una nueva generación del diablo: un diablo que cree en Dios y lo venera como Job.”

He aquí un perfil teológico de Salomón: converso y herético.

El lanzador de dados, el dador, batalló por derribar los puntos medios, saltar las dicotomías de la diplomacia y las mil caras de la hidra política. Su dialéctica, por llamarla de alguna forma, tenía que ver con los extremos, con los linderos de la razón misma.

Aun así, las peticiones de diversas fracciones de su alma para que renunciara a todo aquello se repetían y multiplicaban. ¿Qué grandeza logramos al inmolar nuestra debilidad?

Nadie imaginaba, al verlo transitar con austera elegancia, con paso rápido y preciso, que allí se movía una guerra cósmica entre los extremos del universo.

¡Cuán tortuoso era el camino! Tan fácil renunciar. A cada momento se repetía: “Allá afuera está el mundo y aquí adentro una locura obsesiva que tiene sentido sólo si lo esperado es cierto, pero ¿y si no lo es?” Mas siguió, no interrumpió esa gloria disfrazada de tormento.

La consistencia, dentro de la pesadilla de un futuro predecible, cada día más insostenible, fue sin embargo lo que lo salvó.

III. Salomón se sobrepuso. Sus escritos perdieron fuego y prolijidad, para adquirir una serenidad astral. Hacia 1928 ya había vencido al primer demonio: aquél que postula lo obvio frente a lo imposible.

A partir del 14 de septiembre de 1928, los resultados comenzaron a modificarse. Los sietes subieron de un 14% a un 17,2% constante, hasta diciembre de 1929. El lanzador nada dice sobre este cambio, pero algo podemos encontrar en sus ensayos del año 25.

En uno de ellos se habla de abandonar el saber por el lograr. Decir: “salió siete porque lo sabía” es un ejercicio de clarividencia, pero decir: “Salió siete porque lo quise” es un acto de magia voluntarista.

No basta saber, en este caso, sino lograr sin apelación, sin ambigüedad. El deseo cuando carece de convicción es frágil, producto de nuestras pueriles expectativas. Decir: “saldrá siete” y que salga, lo reviste de un carácter de destino.

No era cuestión de palabras, sino de emoción intensa. La fe, en su sentido más puro, es seguridad, no un recurso de autoengaño para combatir el miedo.

Cerca de febrero del 32 el siete alcanzó la cima del 33,7%. Eso significaba que, proporcionalmente, el siete tenía la probabilidad de los tres números más probables (6, 7 y 8). Por su parte, los demás resultados se distribuían entre ellos según sus proporciones normales, sólo que dos veces y media menos respecto al 7.

La probabilidad del siete se hacía más firme, porque la voluntad había logrado el primer estadio de una nueva fuerza. Se habían vencido obstáculos cuantiosos: el hastío, la falta de concentración y la vanidad ante el logro.

En 1936 el siete voló sensacionalmente al ¡51,6%!, es decir, tan probable como la mitad de los resultados en conjunto. Colocaré un registro escogido al azar, del cuaderno de resultados de Salomón Torio. Estoy colocando sólo los resultados:

Lanzamiento del 6 de marzo de 1932.

RESULTADOS
8
2
4
7
3
7
8
6
7
7
9
7
2
7
12
7
7
7
8
4
7
7
3
7
7
7
8
9
7
7
5
7
2
7
10
7

En 1936 dejó de anotar y, salvo apuntes dispersos, de manejar testimonio escrito. Su último reporte muestra un 88% de sietes. Luego de éste, fechado en noviembre de 1936, la libreta contiene páginas vacías.

Sin embargo, los lanzamientos continuaron -según indica en el diario- y estimo que el cien por ciento de sietes, de haberse logrado, ocurriría cerca de 1940.

En ese tiempo Salomón desapareció. Nadie supo más de él, sus libretas no dan testimonio, porque el diario termina con una serie de frases cortas y repite las hojas en blanco a partir de 1936.

¿Qué quedaría de Salomón Torio aparte de estos documentos? ¿Apenas una imagen borrosa, frugal y alargada, sus pocos años de clases particulares, algún gesto fuera de lo común, en dos o tres memorias octogenarias? ¿Dónde hay más y cómo hago para obtenerlo?

He especulado que su desaparición, así como su extraña disciplina, tuvieron que ver con la sociedad secreta a la que se refiere como la “Cofradía de los Cinco” (¿francmasonería, esoterismo, espiritismo?).

Las páginas finales de la última libreta hablan de “empezar el camino”, “prepararse para el ascenso”, “bautizarse para un ministerio en mis adentros”. Es de suponer que, antes de irse, dejó la probabilidad de derrotar lo imposible abatida, entregada a lo fantástico (100%).

Al final, siempre se refiere a este período como preparatorio, inicial, catequístico. ¿Qué esperaba Salomón Torio? ¿Cómo era el camino para el cual el control de la materia y la energía físicas eran apenas “el inicio”?

Quizá el lector se desilusione al saber que no puedo darle tales respuestas. Tampoco debería revelar más de los dilatados escritos por los cuales conocí a este hombre, en la fase “inicial” de su camino a la lucidez superior.

VI. Encontré las tres libretas, sólo tocadas por el mudo tiempo, en la gaveta de un diván en el sótano. Indagué con mi tía abuela, la dueña de la casa, pero sólo atinó a decirme que jamás había visto esas libretas o no las recordaba. En los muebles estaban guardados muchos objetos dejados por ocasionales inquilinos que tuvo la casa hacia 1950. Busqué en vano los dados, tampoco Crista tenía noción de tales instrumentos.

He leído durante semanas las páginas dejadas y de allí este pequeño recuento. Asumo que todo es cierto, porque la letra de Salomón es la letra de los iluminados.

…………………………………………………………………
FUENTE: Libro “La rebelión de los espejos” (Comala, 2001) de FNN.
ILUSTRACIÓN: Lúdico para infoCIUDADANO.
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83 Responses to "Dados en ofrenda"

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  21. "la letra de Salomón es la letra de los iluminados." Dados en ofrenda por @nuneznoda http://t.co/BKYY77U3

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  23. El azar detrás del azar… RT @nuneznoda: "Dados en ofrenda": http://t.co/DwvSFp6q #LecturaDominguera

  24. Sin desperdicio RT @jucarjim: El azar detrás del azar… RT @nuneznoda: "Dados en ofrenda": http://t.co/yBicHa1D #LecturaDominguera

  25. El azar detrás del azar… RT @nuneznoda: "Dados en ofrenda": http://t.co/DwvSFp6q #LecturaDominguera

  26. Zuleima Cruz says:

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  27. @norsi says:

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  28. @norsi says:

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  29. ¿Y si con el pasar de los años aprendió a lanzarlos? ¡Alucinante! “@nuneznoda: "Dados en ofrenda" http://t.co/CK2XASY2

  30. RT @notiven: RT: @nuneznoda :"Dados en ofrenda" http://t.co/MwIwXahk @YimmiCastillo @DaniUltimate @lbandouk @lavici @Juanaherrerag

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  32. smov says:

    RT @nuneznoda: "Dados en ofrenda" http://t.co/ddRMTQd4

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