La Jorobada de Nipón

Víctor González
(@Gonzalez_Victor en Twitter)
CARACAS (infoCIUDADANO)
19/Marzo/2011

La carretera era pequeña pero el paisaje inmenso mientras se trasladaba desde la carretera de la Costa hacia la punta de la península oriental. El aire acondicionado comenzó a fallar y el calor golpeaba agradablemente la cara con la brisa salina del ambiente. Se escuchaba la inolvidable canción de Nat King Cole que repetía su rutina al voltear el cassette. Juan José iba un poco cansado pero alegre de conocer esas nuevas tierras que solo había visto por las postales que habían en la tiendita del lobby del hotel, antes de salir en ese trayecto. Tarareaba mentalmente la estrofa “That´s why Darling is incredible that someone so unforgettable…” cuando un grupo de personas con ademanes de rabia perseguía a un borrachito que casi no podía caminar pero que por sus zigzagueo al andar confundía a la muchedumbre enojada.

Juan José detuvo el carro justo al lado del letrero que decía “Caimancito”. Abrió la puerta trasera. El borracho tropezó y aterrizó en el asiento cual helicóptero en caída libre. El hombre tiró de la puerta y Juan José arrancó el vehículo antes de que el gentío lo aplastara como elefante de circo huyendo de un ratón. Juan José bajó el volumen de la canción que daba sus acordes finales, miro por el retrovisor y pudo darse cuenta que el pasajero súbito estaba dormido. Roncaba con los sonidos del anís que se había bebido.

Juan José detuvo el carro más adelante, justo al lado del camino para poder organizar sus ideas. En ese instante, una camioneta con ocho jovencitas abordo, se detenía a su lado. Desesperadas, las chicas, gritaban de miedo. Delante de la camioneta estaba el chofer muy nervioso y aturdido. “Mi día había empezado como lo imaginé pero ya me quiero devolver a la cama”, pensó Juan José mientras se acercaba a la camioneta. De atrás se bajó una de las muchachas que parecía haber recobrado la compostura. “El profesor se quedó dormido y pensamos que nos íbamos a estrellar” dijo quien parecía ser la líder del grupo, uno de los pocos milagros de azul por el candor de su rostro. El profesor ya se recobraba su equilibrio. “Perdónenme mis hijas. No sé lo que me pasó. Ya estoy despierto”, se le escucho decir tímidamente. El profesor le dio la mano a Juan José en un gesto callado de agradecimiento. “Vayamos en caravana”, indicó Juan José. A lo que el profesor asintió afirmativamente.

Ambos vehículos emprendieron nuevamente su curso común. Dos horas más tarde se despedían todos con un abrazo de cornetas de carros donde todos sonrientes olvidaban los sinsabores del viaje. Juan José se detuvo en la entrada de la posada de Punta Araya y despertó al pasajero. El hombre se sobrepuso asustado de no conocer como había llegado hasta allí. Le dio las gracias a Juan José mientras guardaba la tarjeta de presentación en el bolsillo machacado de su camisa. Se despidió avergonzado y caminó pesadamente por la vereda de la calle.

Bajó las maletas, cerró el carro y cruzó a pie el estacionamiento improvisado. “¿A dónde conseguiste a Monchito?”, escuchó a alguien preguntar y levantó la mirada. Se trataba de un tipo por lo menos veinte años más joven que él pero quien le lucía muy familiar. Llevaba uniforme como de guarda parques de un país lejano. “¿Te refieres al borracho?”, respondió Juan José con otra pregunta. “Si”, afirmó el guía de safaris. Juan José no atinaba a identificar definitivamente su vestimenta. La detalló y pudo leer “Cazador de Sueños” en el sombrero de pescador marrón que llevaba puesto. “Lo monté en mi carro cuando vi que una poblada parecía querer lincharlo”, dijo Juan José respondiendo a la primera pregunta. El joven le contó de las innumerables veces que Mocho había sido salvado de la muerte cuando, estando ebrio, corría del Bar de Billar del pueblo cercano. Los vecinos de Caimancito ya se la tenían jurada y sólo esperaban que se desmayara para cobrarle todas las deudas vencidas.

Juan José se registró en la posada, se fue a su habitación para darse una ducha y refrescarse del viaje. Como nuevo, salió de su habitación, vio al joven de nuevo y se le acercó. “¿En qué sitio puede uno conseguir comida en este pueblo?”, le preguntó. “Yo voy a comer un sancocho de pescado en el rancho de maíta aquí al lado. Si quieres me acompañas y así almorzamos juntos”. Caminaron escuchando el bullicio del pueblo. Entre la rockola repotenciada con estruendosa música del vallenato colombiano y la salsa brava que venía de la plaza. Era viernes y ya todo el pueblo se alborotaba para las fiestas del fin de semana.

Ambos se sentaron en la mesa, al lado del muelle, viendo el los reflejos del agua iluminando el plato de sopa que tenían al frente. Conversaron por horas. Juan José se enteró que se trataba de “Leo, el León” un joven que había conocido de niño pero que ya de adulto sus aventuras recorrían el mundo entero. Se había convertido en un aventurero buscador de tesoros desde que su maestra de preescolar lo reprendió por dibujar una mano sangrienta en una de sus tareas para la casa.

Explicaba Leo que trataba de fotografiar la leyenda de la mano del Negro Ifigenio que su padrino le había contado, en las sabanas del llano sureño. Aquella mano que el fantasma del Negro Ifigenio buscaba todas las noches después de haberla perdido en el molino de caña de azúcar que el patrón le obligó a reparar sin su consentimiento. El mismo negro que deambulaba por las noches con el tocón del brazo sangriento aterrorizando a los llaneros del medio.

Desde esos días Leo, el León había aprendido de física cuántica, el poder de los vasos comunicantes, la fuerza de la energía hidráulica, las pesas comparadas y la matemática descriptiva para descifrar los códigos cifrados de los tesoros escondidos. Había viajado desde Suramérica por el Caribe y hasta el norte que da con el sur de Canadá. Millones de personas conectadas con sus peripecias de alto vuelo. Juan José escuchaba maravillado de tantas andanzas en tan corta edad. Del cortejo de quinceañeras hasta las esposas a distancias de años luz sincronizadas con el coraje de Leo, el León.

Había llegado hasta la Punta de Araya porque descubrió entre sus estudios de árabe, que los jeroglíficos de las pirámides, apuntaban a las nieves perpetuas de las minas de sal. Allí estarían, según Leo, el León, los secretos del mejor diseño estructural para bomba mecánica que aún no se había inventado. La bomba que serviría para alimentar con hechos las promesas pasadas y futuras. De repente se escuchó un canto relajante, que Juan José tenía veinte y dos años sin escuchar. Volteó y desde lejos supo que era la Jorobada de Nipón. Ella le saludaba con la misma ternura y cariño que juan José sintió al conocerla.

Esta vez la Jorobada estaba acompañada de su hija, una juguetona hermosa y rozagante por los cariños trasmitidos desde la leche materna con la teta de su madre. La tierna criatura le saludaba con gestos de amor y esperanza de un futuro promisorio sembrándolo para el universo entero. “¿También conoces a la Jorobada?”, preguntó Leo, el León, extrañado mientras no paraba de contar que eran amigos desde que la conoció en Japón desde que era perseguida por los Samurais del Emperador Sombra de Shogun. “Pues claro que la conozco. Es mi amiga desde hace más de dos décadas cuando la vi por primera vez con su vientre esplendorosamente bello cargando a su hija antes de nacer”.

Ese día, con la garganta seca, el cerebro nublando su vista, la respiración entrecortada por la taquicardia que tenía desde que su esposa lo despertó en la mañana, Juan José, se dirigía en su carro por la avenida que costeaba el muelle de la marina. El sol brillaba los dorados de la playa mientras las palmeras saludaban a la brisa de esa mañana pero sentía mucho calor. Tanto, que podía sentir los vapores del alcohol brotando de sus poros por la embriaguez que aún tenía desde la fiesta de la noche anterior.

El paso era atropellado por su propia sombra debido a la resaca moral de haber llegado tarde al encuentro en la marina. Manolín e Inés ya se habían marchado. Juan José detuvo la neblina de sus ideas y pensó por un momento. “Deja la pelea mujer”, le insistió a la Títi, su compañera, que no cesaba de regañarlo por tamaña irresponsabilidad. “Por tu culpa, el niño no podrá salir a pasear”, le seguía achacando en su cara. “Mira que irte de farra después del compromiso con tus compadres que vienen desde la capital para disfrutar un día de playa”, repetía la Títi con el sonido del eco de todos los crímenes maritales cometidos por Juan José desde que se conocieron en aquel Liceo.

Miró el reloj y levantó la vista hacia la puerta de la oficina que tenía cerca. Caminó unos metros y se detuvo para golpear la puerta con los nudillos que parecían sangrar por el dolor de la incredulidad. Alguien abrió la puerta. “Buenos días mi amor. ¿En qué puedo ayudarte?”, preguntó la secretaria. Juan José se apresuró a conversar con la intención de tapar la voz de la linda muchacha que le atendía vestida con ropas de prostíbulo playero. “Quería saber si me pueden ayudar a comunicarme con el Shangri-La”, atinó a decir luego de armar todo un rompecabezas de palabras atropelladas. “Claro que sí”, respondió Josefina cuyo nombre resaltaba desde el sujetador que llevaba puesto. “Atención Shangri-La, Shangri-La, aqui Marina”, dijo por la radio. “Adelante Marina”, se escuchó por los altavoces de escritorio.

Ahora la brisa acariciaba plácidamente su rostro, el olor a mar despertaba la sonrisa y las nubes saludaban desde el azul del cielo que tenía de fondo. El calor del sol parecía funcionar como relajante alegre mientras el taxy bote se acercaba al destino del grupo en el Shangri-La. El día le comenzó a sonreír a Juan José.

Una vez dentro del barco, su compadre Manolín le abrazó mientras le presentaba al resto del grupo con quienes iba a la expedición submarina para conocer los tesoros escondidos que el mismísimo capitán Nemo había guardado hace siglos en sus viajes de niñez. Eran personas que venían de varias partes del mundo porque habían nacido en la pequeña Venezzia, hijos de inmigrantes Europeos algunos y otros tantos de sus raíces autóctonas como los indígenas Camanagoto y Guaiqueríes. Alegres todos contando su travesía por la carretera que venía de la capital contaban con una sonrisa, las peripecias del viaje. Juan José podía ver a la distancia, sobre la cubierta, naiboa, cambur, queso blanco y los vasos que aún contenían restos de los jugos guanábana y nispero que expenden por esas vías.

El Nipón, como le decían cariñosamente por sus rasgos japoneses, se acercó a los aventureros y les dio un pequeño tour por el Shangri-La. La cocina era amplia para ser un bote mediano sin embargo contaba con los implementos propios de las abuelas criollas fusionados con la tecnología asiática propia del mar moderno. Budare, licuadora, cocina con cuatro hornillas, plancha para emparedados, nevera y un televisor acompañaban a Matilde mientras bailaba calipso preparando el almuerzo de ese día. Más abajo, los tres camarotes con baño incorporado serían utilizados por mujeres, hombres y niños, en ese orden, para cambiarse de atuendo luego de quitarse la sal de las olas del mar. Más arriba de la cubierta de madera pulida, estaba la torre de comando que utilizaba el Nipón, quien además de navegante, complicaba su acento a hablar pronunciar los términos que había aprendido en sus clases de computación. Curiosamente, Juan José logró ver un asador parecido al que utiliza para preparar las parrilladas en el borde del área verde a la entrada del edificio donde vive y que estaba marcado con el aviso de “Barbecue Area” que el canadiense de la junta de condominio había donado en solidaridad con los hermanos que había encontrado, gracias a las pruebas de ADN que consiguió hacer de unos huesos encontrados en el Machu Pichu.

Títi ya se reía a carcajadas de las anécdotas del viaje de los compadres. Bromeaba de cómo, adrede, frenaba el carro en forma brusca para despertar a Juan José que se dormía mientras ella manejaba por la carretera. En su interior ella sabía que lo hacía como castigo por la rabia que le hacía sentir su esposo, cada vez que incumplía su promesa de dejar atrás sus tiempos de farra en favor de la tranquilidad del proyecto de vida que se habían trazado pero que el muy vagabundo rompía todos los viernes para luego repetir las mismas promesas durante todo el fin de semana.

Manolín y Lali se divertían un mundo conociendo de las travesuras de su compadre pero siempre solidarios con la comadre como estaba escrito en la biblia de los compadres, una especie de libro sagrado y fraternal que servía como guía para orientar a la humanidad entera en caso de tropezarse con algún conflicto en esa unión. En ese libro se conseguían las conductas a regir para el momento de descubrirse una fuga a los juegos de dominó, los encuentros fortuitos extramaritales y el guión a seguir en caso de presentarse alguna situación sin notificación previa que debía argumentarse con un “Me hubieras avisado antes compadre, la comadre me agarró fuera de base. No sabía que decir y me iba a meter en problemas a mí también”.

Repuntaba el día en forma alegre lleno de los colores tropicales que se paseaban al son de la salsa que salía de un reproductor viejo pero potente. Se podían percibir los fogones trinitarios imaginarios que se hacían realidad con los aromas del pollo al curri que salían desde la cocina del barco para dejar su estela de sabor junto con la espuma que salía de los motores marinos, cuyo sonido arrullaba la modorra de Juan José, extasiado con la inmensidad en la belleza del parque Mochima.

Juan José despertó de la plácida hipnosis justo cuando el Shangri-La paró su marcha. Levanto su mirada hacia la torre de mando y distinguió al Nipón por entre los reflejos de las estrellas de mar. Daba instrucciones importantes, así que Juan José se apresuró para escuchar de cerca. “Los tanques ya están llenos de aire pero chequeen la presión cuando conecten los reguladores”, dijo mientras se colocaba su panamá Jack. Juan José bajó rápidamente las escaleras hasta uno de los camarotes que estaba vacío y se quitó de ropa rápidamente. Se puso los mocasines y el traje de baño que la Títi le había comprado hacía una semana.

Al llegar a la cubierta se dió cuenta que estaba retardado. Todos los buzos ya tenían sus equipos colocados. Volteó al banquillo de la borda, frunció el ceño. Ni modo, sólo quedaba un traje rosado de neopreno. Lali se reía señalándolo mientras Juan José lo enfundaba con torpeza y esfuerzo por lo estrecho de las piernas. “Compadre, eso le pasa por no seguir la agenda de hoy. Ahora le toca ponerse el mío”, Juan José apretó el respirador y dejó salir el aire comprimido como diciéndole a su comadre que se callara para dejarlo concentrar. Se colocó los guantines, ajustó el cinturón de plomo, el visor y las chapaletas que combinaban todos con el mismo rosado del traje. El Nipón lo ayudó a ponerse el morral con el tanque de aluminio. Se sentó de espaldas al borde, apretó el visor con la mano derecha, cerró lo ojos y se dejó caer al vacío.

Abrió los ojos al sentir el sonido espumante del mar acariciando sus oídos. Luego, silencio total. Se llevó el manómetro a su pecho por encima del hombro derecho. Las agujas parecían moverse con el vaivén de la corriente. Tocó el lado izquierdo de la cremallera del chaleco y apretó el botón para desinflar un poco el compensador. La presión del aire, la profundidad, el volumen del tanque y el peso compensado parecían estar en orden. Bajó su mirada y pudo ver al grupo unos metros más abajo que le hacían señas para que se les uniera. Inclinó la cabeza y comenzó a descender.

Comenzó a sentir la tranquilidad del silencio. Se sentía gravitando, como imaginaba lo hacía los astronautas por las películas que había visto. Su cuerpo se refrescaba y sintió su cabeza mucho más ligera. Todo le era más liviano. Los colores aún más vivos que cuando se levantó en la mañana. Decidió no ver más el color rosado de su equipo porque le quitaba la tranquilidad que le proporcionaban los demás colores en el caleidoscopio del mar tropical.

Gratamente extasiado se sentía en un mundo extraterrestre y extrasensorial. El coral cobraba vida en colores que le recordaban las guacamayas en vuelo, pero en cámara lenta. Amarillo, anaranjado, azul, rojo y verde eran los que se veían más alegres cantando a coro con los rayos del sol. Comenzó a detallar y pudo identificar al cangrejo solitario rosado, a un damnificado ladrón de inmuebles, al pez loro, un mero rayado y a un grupo de sardinas pequeñas desfilando al ritmo del redoblante sincronizados todos que parecían confundirse por la figura de una pared plateada con ruedas por la increíble movilidad en bloques.

A su derecha, alguien que no lograba identificar por la máscara le hacía señas con el pulgar hacia abajo. “Nerón me ha ordenado matar al gladiador”, se preguntaba Juan José mientras apretaba sus dientes al respirador para sonreírse de sus ocurrencias. Le estaban indicando bajar un poco más para que pasara su mano por encima de algo que asemejaba a una cabellera larga de tinte dorado. Se quedó maravillado al observar como desapareció el pelo al pestañear para dejar al descubierto un inmenso cráneo sin huesos, un cerebro blanco sin latidos donde se escondían los cabellos de esa figura que hasta hace segundo le hizo recordar a las sirenas nunca fotografiadas en los libros que Herman Melville nunca pudo fotografía para ilustrar Moby Dick porque en 1851 aún no se descubrían los colores del océano.

Seguía soñando despierto Juan José sin percatarse que, en una pequeña cueva contigua, una figura lo atraía con gestos del bebé que aprende a apretar sus deditos llamado a su mamá. Curioso se le acercó aún más, inclinó la cabeza para ponerse boca abajo y no levantar arena con el movimiento de sus pies. Dejó salir un poco más de aire de su chaleco y bajó un poco, casi podía tocar con su visor el puñito del niño. De repente el puñito se convirtió en un brazo. Sorprendido, se volteó sin dejar de quitarle la mirada. Entre la carrera del pensamiento y los latidos del corazón pudo retratar mentalmente al animal. Chequeó su archivo y logró asociar la fotografía intelectual. Efectivamente, se trataba de una morena caribeña, prima de Helena del Mediterráneo.

No dejaba de ver como se empequeñecía como si la estuviese observando desde un microscopio lunar retrocediendo sus lentes. Sintió dolor de cabeza y los ojos cansados. Levantó el manómetro cuando logró estructurar las ideas no sin antes asegurarse que la morena ya no se veía por ningún lado. Quince metros más tenía. La morena no corrió despavorida. Era Juan José que sin darse cuenta por la mirada concentrada en la figura había descendido en un tiempo que no podía calcular. Se tranquilizó. Ajustó su ritmo cardíaco con una infusión de tranquilidad. Miró a su alrededor y notó que se había alejado del grupo. Sacó su cuchillo y golpeó el tanque con la culata. El grupo volteó a ver de dónde venía el sonido y lo vieron pidiéndoles que aguardaran por él. Se aseguró bien que habían entendido sus señas y se dejó caer un poco para sentarse en el fondo.

Los ojos le ardían y los sentía como aprisionados por unos pulgares imaginarios. “Debo compensar la presión”, pensó. Se acomodó mejor, bajó la mirada y mientras colocaba las manos en el visor sintió como las nubes le tapaban el color del fondo. Separó el visor de su cara y levantó la cabeza para dejarle entrar aire del respirador. Se lo ajustó nuevamente y notó que ya no estaba empañada la vista. Giró su cabeza como orando al cielo. Se quedó inmóvil sin siquiera soltar globos de aire. Solo podía ver la magnanimidad de ese vientre de casi 15 metros de largo. Se trataba de una ballena jorabada.

Extasiado por la belleza se concentró en los detalles. El color azul, gris, blanco y negro adornaban el canvas de su cuerpo. Azul para resaltar su tranquilidad y placidez al nadar. El blanco pureza para el alma que se combina con gris pizarra de aprendizaje, para esconder los corales nómadas abordo. Un negro sobrio de solemnidad a sus clases de notas musicales para recordar a su amada con su canto. La jorobada no veía a Juan José pero estaba seguro que le daba saludaba con su aleta derecha en forma personal y sincera en señal de reconocimiento con agrado. Se deslizaba como una fortaleza construida sin ruedas pero se movía con el susurro del mismo Dios Tritón que, con su trompeta de caracol, agradecía a Poseidón elevando las olas por disgustos con un humanidad insensata o calmando su corriente para proteger a sus hijos más viejoe y sus súbditos más antiguos.

La observó alejarse sin voltear. Juan José seguía maravillado y atónito. Sacudió su cabeza, se hizo la señal de la cruz para agradecerle a Dios haberle permitido mirar de cerca parte de su vastísima obra. Volteó a su alrededor y notó que no podía distinguir al grupo. Giró su cabeza hacia arriba y a su izquierda y pudo ver el casco del Sangri-La. Presionó el botón de su chaleco. Mientras subía, cerró los ojos como tratando de grabar las imágenes que había presenciado como una película a colores de una parte de su vida. Llegó a la superficie, se colocó de espaldas y pedaleó hasta llegar a la cubierta para subir.

Arriba le esperaba un ayudante del Nipón quien lo atendió para quitarse la mochila con el tanque. Sentado, tiró de las abrazaderas posteriores de las chapatelas y se zafó de ellas. Los ojos le ardían mucho. Casi se arrancó la careta del rostro que le parecía estar tirando de la tapa de una compota de manzanas por el sonido de la succión que generó al desprenderla. Sentía el calor y el brillo del sol quemándole el rostro pero no distinguía porque las lágrimas no le permitían ver. Escuchó la voz del Nipón acercarse junto con los pasos del instructor quien insistía en que abriese los ojos. Juan José daba instrucciones a su cerebro para abrir las ventanas de colores. Los párpados no levantaban en rebeldía por el trajín. Poco a poco lo levantaron entre todos y escuchó decir a alguien “se trata de un Mask Squeeze”.

Juan José pidió explicaciones de ese término importado mientras el instructor lo ayudaba a quitarse el traje de neopreno rosado. “Ocurre por no haber compensado bien la presión dentro del visor. Tendrás que esperar a que se nivelen los vasos sanguíneos para poder abrir los ojos”, indicó el especialista. Sin embargo, Juan José solo hablaba de la ballena que había visto, lo impresionante de la tranquilidad y paz que sintió al verla. “Esa es la Jorobada de Nipón”, ahora era el ayudante del capitán quien hablaba. “Él fue quien la recibió por primera vez en la bahía”,aún aturdido por los agradables sucesos, sin preocuparse por la falta de visión, Juan José se recostó en el camarote y empezó a soñar con la Jorobada de Nipón.

Ya en la orilla de la playa en la Bahía de Pozuelo, estaba sentado Juan José, treinta años después, oteando la brisa marina con los poros del corazón saboreando los colores del dulce sol y abrazando el aroma de los gratos recuerdos. A lo lejos, en el mar, podía ver alguien que lo saludaba. Se montó en un peñero para acercarse. La reconoció al instante, era la hija de la Jorobada de Nipón. No se veía bien. Todo su cuerpo lleno de cicatrices, navegaba lento y como sin energía de vida. Juan José se le acercó. Ella le dejo escapar una lágrima que parecía venir del guiño tierno de sus ojos. “Por Dios hija, ¿qué ha pasado?”, le preguntó a la malherida ballena. “He llegado tarde Juan José. No pude arribar a tiempo como le prometí a mi madre”, respondió con un canto de dolor no por las heridas sino por un corazón con sentimiento destrozado.

Sin hablar, le contó toda la historia. La Jorobada de Nipón, junto a su hija, habían huido del Japón perseguidas por la indiscriminada matanza de toda su especie. Se había refugiado en el mar Arábigo para refugiarse en sus cálidas pero apropiadas aguas. Sin embargo, la Jorobada de Nipón había quedado muy mal herida y padeció por años en lecho de muerte. Se mantuvo viva para convencer a Tritón de que no se enojase. Prolongó su agonía para convencerlo de que la humanidad tenía sentido y que ella se sentía responsable por no haber trasmitido bien el mensaje de Dios al crear el Universo.

Tritón, poco a poco fue cediendo y le concedió el beneficio de la duda a la Jorobada de Nipón. Se tragó su furia y se retiró a orar. Durante ese descanso, la Jorobada de Nipón le enseñó a su hija todo lo que había visto y las bondades de un planeta en armonía de amor con todos sus seres vivos. Con cariño y sentimiento la fue educando para la vida en concierto con otras especias conectadas por la energía divina que los une unos a otros. Se centró en la belleza de la orquesta en conjunto de seres produciendo paz para una tierra grande en amor pero pequeña en su tamaño proporcional con las galaxias.

Estando en esa pausa, los pueblos árabes levantaban su voz de protesta por la dictadura de hombres férreos con la violencia pero débiles en su moral. Desde Israel y Palestina pasando por Iraq, Egipto, Irán, Yemen, Sudán, Omán, Eritrea y Kuwait, los gobernantes no acabaron por comprender la importancia de la unión de las personas sin necesidad de fronteras que Dios jamás trazó y que ningún astronauta ha logrado delinear desde la estación espacial.

Por esa razón, la Jorobada de Nipón le pidió a su hija que buscara los amigos conocidos en el mundo navegado juntas para hacerles ver lo aprendido con la esperanzas de que a través de sus redes sociales de conocidos y otros por conocer pudiesen abrir los ojos de los no muchos que aun no los han abierto. Comenzó entonces su hija a recorrer el mundo pero fue atrapada por el fuego cruzado de las guerras entre las tribus del mundo que peleaban por los tesoros encontrados sin haberle dedicado tiempo a buscar los más preciados y aun escondidos en el corazón del que no se ve así mismo.

La jorobada de Nipón falleció. Su hija aún no alcanzaba encontrar la jovencita de tez de milagro azul, al profesor, las muchachas y otros tantos. Manolo, Lali y algunos tantos se habían mudado a la madre Patria donde no los podía localizar. Atinó a alcanzar a Leo, el León, que junto a su amigo más preciado, José, aquel a quien amaba como a un hijo y quien lo admiraba a él como a un padre, seguía librando aventuras y alcanzando vencer batallas, unidos, como los mosqueteros del nuevo siglo. Pero no pudo conseguir a Juan José a tiempo.

Tritón se enojó mucho, levantó su trompeta de conchas y elevó las corrientes marinas. El Tsunami alcanzó a Japón el día de ayer. El desastre natural más grande sufrido en esa zona desde el año 1900.

La ballena no dejaba de evocar su canto de dolor sincero, de profundo conocimiento cierto. Juan José la acariciaba con la mano del corazón despierto a través de su mirada reflejada en el horizonte del cerro del Morro. Mirando con mucho desconcierto sin conseguir palabras. “¿Qué puedo hacer?”, logró preguntar con un suspiro. “Sólo prométeme que contarás la historia con el mensaje que mi mamá te mando conmig”, respondió la ballena sin ánimo. “Dalo por hecho. Tu historia la haré llegar por los cuatro vientos”.

La ballena se animó más por la promesa de un mundo mejor. Se volteó de un lado y saludó a Juan José con su aleta dorsal derecha. Juan José se alegró por verla jugueteando de nuevo, bañando el aire con su chorro alegre de los mares recorridos. La retrató para el recuerdo. Se encaminó motivado por la esperanza del mundo que cada día está más cercano a todos. Llegó a casa y llamó a todos los amigos de la historia de su vida, para comenzar a escribir juntos el espíritu jubiloso de una nueva era.

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ILUSTRACIÓN: @milagrosblue para infoCIUDADANO .
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