Marisela Luzardo
CARACAS (infoCIUDADANO)
19/Enero/2011
“Señores, se partió el avión. No pueden viajar”, dijo con el acento típico que pareciera convertir algunas “r” en “l”, el encargado de Cubana de Aviación. Lo que en principio era un viaje cómodo y sencillo que salía el 2 de diciembre de Ciudad de México, hacía escala de dos horas en La Habana y luego conectaba otro avión para llegar a Venezuela, terminó en una tragicomedia casi increíble de creer.
Para ser honesta decido viajar en Cubana de Aviación por los bajos costos de la aerolínea. No me importaba hacer escala en La Habana y todo se justificaba con tal de pasar las navidades con mi familia.
La travesía comenzó en el aeropuerto Benito Juárez, ubicado en Ciudad de México, cuando estaba formada en la fila para hacer el chequeo en Cubana de Aviación.
Una señora, imagino que cubana por su acento, me mira de lejos, baja la mirada y se acerca sin advertir su presencia. Finalmente, con una voz casi imperceptible me pregunta si me puede entregar tres kilos de tela para su hermana. Me explica que su pariente es diseñadora y que nunca consigue telas para sus confecciones de trajes de baño, me ruega que le haga el favor y ante mi cara de asombro y de no entender ni una palabra vuelve a hacer la petición: “En Cuba estamos jodidos. Mi hermana hace trajes de baño clandestinamente y se le acabó la materia prima. ¿Tú se la puedes llevar? Es que entre el bloqueo y Fidel jodieron a los cubanos”. A partir de ese momento sabía que algo marchaba mal…
Llegué al stand y para mi sorpresa veo que una sola persona tiene a su nombre más de 51 cajas. El hombre lograba destacar entre los presentes por los microondas, DVD, pantalla plana, Blu-ray y juegos de comedor que se llevaba a la isla. Como nunca me puedo quedar con la curiosidad le pregunto a la señorita que me atiende cómo es que una sola persona puede llevar tanto equipaje. Para mi sorpresa, me informa que los pasajeros pueden viajar con la cantidad de maletas que deseen siempre y cuando cada una pese menos de 30 kilos. Me pareció interesante, pero algo extraño de creer.
Haciendo caso extremo a todas las recomendaciones que me dieron por hacer escala en La Habana recubro mis maletas de plástico, divido los dólares en diferentes paqueticos y los guardo en lugares estratégicos de mi cuerpo y cartera, además evito separarme de mi compañero de viaje. Me subo al avión revisando hasta el último detalle: me imaginé un avión viejo y defectuoso. Pero, resultó ser cómodo, sencillo y estándar. Nada de qué preocuparse.
El vuelo transcurre con total normalidad. Llegamos a la hora indicada a Cuba y solamente faltaba esperar dos horas para hacer la conexión a Venezuela. Sin embargo, una vez que aterrizamos en La Habana la tragicomedia estaba por comenzar. Éramos 20 pasajeros que esperábamos la conexión. Cada uno por su cuenta preguntaba al personal del aeropuerto cuál era el próximo paso, a dónde teníamos que ir, dónde teníamos que esperar. Nadie dio respuesta. Nadie tenía información. No sabíamos que hacer.
Con el paso de las horas nos fuimos conociendo… Conocí a un jugador de béisbol que viajaba con su familia y su bebé de 3 meses; una odontóloga que hacía su maestría en León (México); una cantante profesional, un ingeniero de sistema con sus dos hijos, en fin…
Decidimos esperar, no teníamos otra alternativa ante la falta de información y la mirada indiferente de las autoridades del aeropuerto. Nos sentamos en el piso y de esta forma pasó la hora de embarque a Venezuela. Todo indicaba que habíamos perdido el vuelo, cuando un hombre se acerca y nos dice la mágica oración: “Señores, se paltió el avión. No pueden viajar”.
En ese momento mi mente se nubló, me enfurecí, recordé las recomendaciones de mi hermano. Me molestaba admitir que tenía razón: debí pagar un poco más, e irme en otra aerolínea. Recordé el avión que se cayó en Cuba hacía como cinco meses en los que murieron personas de diferentes nacionalidades, entre ellas un venezolano. Imaginé a mi padre diciendo “te lo dije”. Pensé en mi madre que estaría esperando mi llegada luego de meses sin verme, me preocupó no poder comunicarme con ella y avisarle que el avión se había “paltío” y que no iba a llegar a la hora indicada.
Me preocupé, me sorprendí, me indigné… Mi estancia en ese aeropuerto se limitaba a ser un pasajero en tránsito y el personal de Cubana de Aviación me decía que sencillamente el avión estaba roto y que no tenían fecha para mi salida a Venezuela. Podía estar en La Habana desde unas horas hasta semanas enteras.
Incomunicada es la palabra que describe las 11 horas que esperé en el aeropuerto José Martí. 30 minutos de internet costaba ocho dólares. Conectarse a la red era un lujo que muy pocos podían darse. Nos ilusionaron diciéndonos que ya habían reparado el avión y que salíamos con dos horas de retraso. Algo que nunca ocurrió. Tuvimos que ser pacientes y esperar a que nos llevaran a un hotel o nos dieran fecha de salida de la isla. Todo el día nos dieron pan con jamón y queso…Los primeros supieron a gloria, no teníamos nada más que comer y lo que vendían en el aeropuerto tenían unos precios en dólares exorbitantes.
Pasaron dos, cinco, siete, nueve, once horas de espera. La mayoría de los pasajeros que viajábamos a Venezuela eran cubanos. 90% cubanos, 10 % venezolanos. Nadie se quejaba, nadie preguntaba, nadie reclamaba…Nadie.
Mi preocupación llegó a su punto máximo cuando inmigración autorizó la salida de todos los pasajeros, menos los que estábamos en tránsito. No podía creer que tenía que dormir en ese aeropuerto frío, vacío y ausente. Mi mente estaba en Venezuela y no podía esperar llegar a Caracas. La angustia iba en aumento ante la mirada indiferente y temeraria del personal de la aerolínea. La tragedia de la cancelación del vuelo llegó al extremo de que un pasajero tuvo que recibir la cruel noticia, vía telefónica, que su madre había muerto y no alcanzó a despedirse de ella.
Al ver que los 20 pasajeros que estábamos haciendo conexión no teníamos autorización de inmigración para salir del aeropuerto e ir a descansar a algún hotel, me angustio y pregunto por nuestra situación. La funcionaria de inmigración me responde: “No sabíamos nada de ustedes. No podemos hacer nada. Los demás se van, ustedes se quedan”. Me horrorizo, alzo la voz, reclamo mis derechos, pero la funcionaria repite con voz de indiferencia: “no puedo hacer nada por usted”.
Ante el abuso del que estaba siendo víctima, mi compañero de viaje, un hombre bien parecido de más de 1.90 que goza de un tono de voz grave con bastante proyección, decide hacer uso de sus atributos y sale en defensa de los 20 pasajeros en tránsito. “Tengo más de 11 horas en este aeropuerto comiendo pan con jamón, tengo sueño, me quiero bañar, quiero dormir, tengo hambre, mi vuelo se canceló, no puedo llegar a Venezuela, no puede ver a mi familia luego de dos años, la mamá de un pasajero se murió, y tú me dices que no puedes hacer nada por nosotros”, gritó mi compañero.
Todo el aeropuerto se enteró que algo pasaba. Me sentía feliz, alguien finalmente se había indignado del atropello y abuso del cual éramos víctimas. Para mi sorpresa nadie nos apoyó. Los 20 pasajeros estábamos solos ante la gran maquinaria de inmigración y nuestra suerte se la debíamos a ellos. Los pasajeros que no estaban en tránsito se limitaron a cruzar miradas conmigo y con mi compañero, unos en modo de indiferencia, otros en modo de reproche y otros nos picaban el ojo diciendo: ¡Así se habla! Pero nadie nos dio unas palabras de aliento. Me sentía frustrada. No podía ser que mis compañeros de viaje tuvieran tan poca calidad humana.
Al cabo de una hora, inmigración nos dio permiso para salir del aeropuerto y la aerolínea decide hospedarnos en el Meliá. Teníamos tres minutos para llamar y avisar a nuestras familias de la situación, un día de hospedaje y las comidas garantizadas. Lo mínimo que esperábamos luego de tanto abuso.
Esa noche decido quedarme y descansar. Para nuestra máxima sorpresa algunos cubanos se le acercaron a mi compañero, y en voz muy baja le dan las gracias por salir en defensa de todos los pasajeros. Lo felicitan y se van. Nada pasó, nadie vio. Entendí que no se trataba de poca calidad humana, sino de represión, de falta de libertades, de miedos en exceso. Mi compañero se sentía un héroe, había hecho lo que muchos cubanos son incapaces de hacer en un su propia tierra: reclamar sus derechos.
Finalmente llegué a la habitación. No podía articular ni una palabra y mucho menos un movimiento; sin embargo mi compañero y varios pasajeros amigos deciden ir a conocer Tropicana, por lo que se alistan y se van. Regresó a las dos horas, sobresaltado y preocupado. Me sorprende por la madrugada y me dice: “Tienes que despertar, conocí a Yayito y tenemos que ayudarlo”. Eran las cuatro de la madrugada, recién disfrutaba de mi cita con Morfeo y no entendía ni una palabra, mucho menos sabía quién era Yayito.
Como insistía en seguir disfrutando de mi encuentro con Morfeo, mi compañero se desespera, prende las luces, sube la voz, y hace hasta lo imposible para que despierte. “Conocí a Yayito, te está esperando abajo porque le prometí que íbamos a ayudarlo. Es un cubano y quiere escapar de la isla. Ni siquiera lo dejan estar en el hotel, solo le dieron 15 minutos. Despierta, vístete y baja. Ya pronto se va a tener que ir”. No podía creer lo que escuchaba. Me preguntaba si este viaje iba a tener algún momento coherente y normal.
Decido bajar, mi letargo no me permitía coordinar algún movimiento apresurado por lo que mi compañero decide nuevamente hacer uso de sus atributos, me toma por la mano y me recarga sobre sus brazos. Comenzamos a correr hacia el encuentro. Yayito ya no disponía de tiempo y se tenía que retirar del hotel.
Llegamos justo a tiempo. Yayito nos estaba esperando impaciente. Al verme llegar se limpia el sudor de su mano con un roce en su pantalón, me extiende su palma y se presenta: “Encantado de conocerla señora, mi nombre es Luis, pero me puede decirme Yayo”. Se trataba de un hombre de 45 años, alto, bien parecido y sobretodo muy simpático, tanto que se ganó mi corazón al instante. De Luis, pasó a Yayo y de Yayo pasó a Yayito.
Hablamos de su vida, de sus aspiraciones, de sus sueños. Las lágrimas lo desnudaron más de una vez. Me contó que tenía una hija y que en la isla no se comía carne de res, ni pollo. Eventualmente gozaba de un buen puerco que sabía preparar a la naranja. Su dieta era básicamente frijoles y arroz.
La conversación terminó a las afueras del hotel. Yayito no podía seguir en el hotel, así que decidimos salir. Fue cuando descubrí lo oscura y solitaria que es La Habana de noche. Nos costaba seguir hablando. Difícilmente podíamos identificarnos en aquella oscuridad. Yayito nos contó que la isla está en plan de ahorro y por eso las calles no cuentan con iluminación. Entendí, entonces, por qué en el hotel cinco estrellas donde me hospedaba no había agua caliente cuando quise bañarme. Estaban o están en plan de ahorro nacional.
Quedamos en que Yayito nos buscaría al día siguiente en su carrito de la década de los 50 para conocer La Habana. Yayito se aprendió el número de nuestra habitación y a la hora acordada llamó para avisar que el paseo estaba por comenzar. No tenía gasolina, así que fue a una bomba y pidió tres litros. No lo podía creer. ¿Cuántos kilómetros se recorren con tres litros de gasolina? Pregunté el precio de la gasolina y mi compañero y yo decidimos llenarle el tanque. Yayito quedó atónito.
Como el viaje me tomó por sorpresa no tenía cámara fotográfica para retratar aquella máquina del tiempo de la cual estaba siendo protagonista. Así describo a La Habana, como una máquina del tiempo. Imagina despertar un día y retroceder 50 años en la historia. Emprendo mi búsqueda de una cámara desechable. Todos mis intentos fueron frustrados. Ni Yayito sabía muy bien qué quería decir con una cámara desechable. El personal de las tiendas se reían ante mi petición, unos no tenían ni la más mínima idea de lo que estaba pidiendo y otros se burlaban de mí con una respuesta irónica y malhumorada: “Nuuuu compañera, hace años que no llega una cámara de esas a la isla. Mire bien y recuerde bien. No hay mejor cámara que la memoria”.
Así es como decido observar, mirar, detallar e inspeccionar hasta el último detalle de aquella ciudad. Yayito, en su carro de los años 50, se esmera por explicarnos cada sitio al que nos lleva, hablaba de las bondades de ser cubano y nos preguntaba sobre un mundo que no conoce. Recuerdo que hacía un esfuerzo por ser descriptiva y me di cuenta que le emocionaban los detalles más simples de mis relatos. Bajé la guardia y comprendí que tenía que empezar desde lo más básico.
Para mi sorpresa, en aquella isla un carro de los años 50 costaba tres veces más que mi Renault 2003 comprado en México. Cuando se lo comenté a Yayito, sus ojos saltaron y la boca se abrió de asombro. Su carro costaba nueve mil dólares. Con ese dinero tenía suficiente para irse a otro país y comenzar su vida de cero hasta conseguir un trabajo.
Me explicó que tenía tres opciones para salir: “casamiento, invitación por turismo o invitación por trabajo”. Le admití que no conocía ninguno de los procedimientos cubanos, ni si mi compañero o yo cumplíamos con los requisitos para poder invitarlo. Agradeció nuestra sinceridad, pero nos suplicó que lo ayudáramos. La cantante profesional se unió al plan de ayuda a Yayito. Todos aceptamos.
Conocí La Habana bajó el ritmo de Marc Anthony en un carro de los años 50. Toda una aventura. La Plaza de la Revolución, la Plaza de las Palomas, la casa donde vivió El Ché, un mercado artesanal, El Capitolio, el malecón… La isla era, ante mis ojos, una máquina del tiempo: los carros, los edificios, las casas.
La Habana tiene su estilo propio, es bella e imponente, pero no lo suficiente para vivir en ella. Es bella e imponente, pero vista desde la mirada lejana de un extranjero.
El recorrido terminó. Juntamos 30 dólares y se lo entregamos. Yayito no nos puso tarifa por el paseo. Supongo porque desde el principio sabíamos que lo que estábamos haciendo era ilegal: Yayito no podía disponer de un carro del Estado para su propio lucro. Aún así recorrimos La Habana.
Me despedí guardando en el abrazo y en el adiós la promesa de nunca olvidarme de él. Nos hizo prometer que lo íbamos a ayudar. Teníamos que sacarlo de La Habana.
Pasé el resto del día en el hotel. Sorpresivamente nos dicen que a las 8 pm salía el avión. Me emociono, llamo a mi familia y les doy la noticia, recojo mis maletas y nos vamos rumbo al aeropuerto José Martí.
Me despido de La Habana desde la ventana del autobús en el que viajaba. Cierro los ojos, recuerdo la cara de Yayito y la promesa que le hice. Doy gracias por haberlo conocido y me prometo a mi misma ayudarlo. Si el avión se había roto y el destino me había puesto en esa ciudad tenía que justificar mi estancia. También recordé a Martha, la única trabajadora de Cubana de Aviación que se preocupó por la situación de los 20 pasajeros en tránsito. Martha recibió 11 dólares porque un grupo de nosotros decidió recolectar algo de dinero en modo de agradecimiento. Sabíamos que era poca cantidad, pero era algo más simbólico que otra cosa. Martha lo recibió con lágrimas en los ojos porque no podía creer que en un día se ganara más de una quincena de su trabajo. Su sueldo era 18 dólares mensuales.
Una vez en la fila del stand de la aerolínea, un cubano, llamado Cachito, que tenía frente a mí me dice que por la cantidad de maletas que llevo debo pagar un dineral por sobrepeso. Le explico lo que me dijeron en Ciudad de México y no lo pudo creer. Bajó la mirada y con decepción me dice: “Yo soy cubano y voy para tu tierra a ayudar en la misión agricultura; pero yo solo puedo llevar una maleta que pese menos de 25 kilos. No entiendo por qué nos hacen esto”.
La advertencia de mi nuevo amigo, Cachito, se hace realidad, el señor que me atiende me dice que tengo más de 20 kilos de sobrepeso, entre mi compañero y yo, por lo que me altero y le explico que en México me dijeron que podía viajar con la cantidad de maletas que quisiera siempre y cuando pesaran menos de 30 kilos cada una. El hombre se exalta, algo de lo que había dicho lo había ofendido.
Empezó a recitar un discurso revolucionario alegando que Cuba era libre y soberana y que en la isla se hacía lo que Fidel ordenaba, o así lo interpreté yo. No entendía qué tenía que ver una cosa con la otra y lo único que respondí fue: “No pienso pagar ni un centavo más”.
Desde todas las perspectivas la petición del hombre era absurda. Me dijo irresponsable e inmoral con un tono de voz agresivo. En ese momento recordé que por irresponsables e inmorales yo me encontraba en Cuba en contra de mi voluntad. Se lo dije y se calló.
El avión no salió a la hora indicada, tuvimos una hora y media de retraso. Los venezolanos, como por arte de magia, nos organizamos y acordamos que si en 15 minutos no anunciaban nuestra salida íbamos a trancar las puertas del aeropuerto gritando “Estamos secuestrados, estamos secuestrados”. Lo que se suponía que era una escala de dos horas ya iba por dos días.
Habíamos acordado que el próximo paso, si no lográbamos viajar ese día, era hacer huelga de hambre en las puertas de la Embajada de Venezuela por el secuestro de Cubana de Aviación hacia nosotros. Las caras de los cubanos revelaban asombro. Creo que nunca habían sido testigo de una manifestación. Nos miraban desde lejos, otros desde cerca. Querían saber qué hablábamos, qué decíamos, qué opinábamos, querían saber quiénes éramos. Sea como sea, nos miraban con envidia buena o mala, pero envidia al fin. El venezolano podía gritar y reclamar. El cubano no.
Para la suerte de las autoridades y la nuestra también anunciaron nuestro vuelo. Todos los planes de protesta pasaron al olvido. Abordamos el avión, pero antes me detengo y recojo la edición de del diario Granma de ese día. Tenía que tener alguna evidencia física de todo lo que ocurrió para nunca olvidar lo que viví. Mi memoria no es tan buena como para confiarle los detalles.
El avión despegó, recé como de costumbre y me encomendé a la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. La Habana iba quedando atrás, cada vez se hacía más pequeña. Pienso en voz alta y comparto con el cubano de al lado: Si Cubana de Aviación fuera una empresa privada al menos los pudiera demandar por los daños causados. Si en la isla existiera libre competencia Cubana de Aviación se esforzara en mejorar sus equipos, sus aviones, su personal, su atención.
Sea como sea, gracias a Cubana de Aviación conocí a Yayito, a Martha y Cachito. Hoy por hoy pienso en ellos y alzo la voz para reivindicar sus sueños, sus aspiraciones y las promesas que nunca les cumplieron.
Gracias a Cubana de Aviación y a todo el desastre que viví giro mi atención hacia los venezolanos diciéndoles que no importa qué tan bajo caigamos; la clave está en la gente: en no callar, en no doblegarse, en no aguantar, en reclamar…. Hasta ahora, y lo digo con orgullo, eso nos diferencia de Cuba: ¡todavía queda mucha gente dispuesta a reivindicar sus derechos!
Una de esas soy yo. Brindemos por un año lleno de esperanza. Brindemos por todos los Yayitos, Cachitos y Marthas que viven en el mundo y hagamos de nuestras acciones motivos para vivir un futuro diferente.
Obviamente ni la fecha del vuelo es real, ni el nombre de Yayito, ni Martha ni Cachito son verdaderos. Mi nombre tampoco es real, es un seudónimo. No lo hago por mí, sino por todos los protagonistas de esta historia a quien no consulté para nombrarlos aquí. Lo mínimo que puedo hacer es proteger su identidad. Además, queda pendiente sacar a Yayito de la isla. Lo sacaremos.
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FOTOS: Marisela Luzardo
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Excelente escrito, de la vida real, saludos y a trabajar por Venezuela.
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No dejen de leer "Se partió el avión. No pueden viajar", dijo… Cubana de Aviación. En "Mi tropiezo con La Habana", http://bit.ly/eVviNL
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"(…)eso nos diferencia de Cuba: ¡todavía queda mucha gente dispuesta a reivindicar sus derechos!" de Marisela Luzardo http://bit.ly/eVviNL
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"Es que entre el bloqueo y Fidel jodieron a los cubanos”… en "Mi tropiezo con La Habana", post de M. Luzardo, http://bit.ly/eVviNL
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