La visita de Carlos Gardel en 1935

Yoyiana Ahumada
(@yoyiahu en Twitter)
CARACAS (infoCIUDADANO)
24/Junio/2010

“…Estoy ahora en los estudios Víctor de Nueva York registrando las canciones de “El día que me quieras”, la película que quiero de todo corazón. Voy a comenzar una gira que comprenderá, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Panamá y Méjico donde tendré el gusto de saludarlos espero personalmente, suyo Carlos Gardel” (1935)

Cuando este 24 de junio retumben las salvas y el campo de Carabobo recuerde la batalla que terminó de darle la libertad a la república de Venezuela, y se escuche el grito de presenten arrr, el país civil y algún que otro militar con años y memoria, que ignore la leyenda de que el platal que le pagó el Benemérito, lo donó el zorzal criollo a los expedicionarios del Falke para derrocar la dictadura; recordará que hace 75 años el morocho del abasto, posó sus dos zapatos de charol lustrado sobre el Puerto de La Guaira en un país que no tenia espacio para la catarsis y el festejo compartido, pero que encontró en esa visita el estallido de su pasión y desbordó las calles para darle la bienvenida y asistir al milagro de su presencia.

La llegada de Carlos Gardel provocó un estremecimiento masivo, que despertó a la provinciana ciudad del letargo y el miedo que había sembrado la dictadura gomecista. Miles de personas salieron a las calles o se asomaron por las celosías vigiladas por el ojo de la restricción y las buenas costumbres. 14.000 personas vieron al astro a lo largo de sus siete presentaciones. Se produjeron desmayos, declaraciones, ataques de maridos celosos, en fin una verdadera pasión gardeliana. Al morir, aparecieron viudas, hijos, estampitas y un culto que cada 24 de junio enciende la voz del zorzal criollo en el Caño Amarillo.

Cada 25 de abril, día del nacimiento del astro sureño, la estación del que ahora es del Metro de Caño Amarillo, se llena de voces y murmullos adoratrices para recibir al ídolo popular que encontró a Latinoamérica como tierra de adopción y se reservó argentino para el mundo. Más allá de su dudosa partida de nacimiento que hace de Toulouse el terruño originario o la discusión que crispa a los porteños, según “consta” que vino al mundo en la provincia uruguaya de Tacuarembó, “el morocho del abasto” fue hijo espurio de la noche y el vientre de Berta Gardés que lo bautizó Charles Romualdo y cruzó el charco con el pibe cuando éste cumplía tres años de edad.

Buenos Aires se encargaría más tarde de trocarlo en Carlos Gardel, para luego cariño popular mediante, convertirlo en Carlitos, el zorzal criollo, pero siempre “morocho”, oscurito y cantor de las miserias del porteño en ese slang llamado lunfardo, nota -de 2000 palabras- donde se acomoda la infidelidad “Tomo y obligo”, la nostalgia “Mi Buenos Aires querido”, en la jugada y la apuesta por el todo, que es el sino del inmigrante. El tango va a la suerte porque, como se dice, el porteño es burro, timba y política.

Para quien fuera el director de Buscando América en HBO, Alexander Idrogo, Gardel inventa el tango cuando lo saca de la esquina y entiende el clamor popular del bastardaje. Se convierte entonces en el primer mito latinoamericano de exportación que seduce a Europa y los Estados Unidos. Y le entrega al mundo unas 20 películas y cientos de discos, industria a cuyo nacimiento asistió.

Estación Caño Amarillo

Para Abelardo Raydi, quien sostuviera una de las relaciones obrero-patronales más largas del país (trabajó 57 años en El Nacional y mantuvo su columna Pantallazo de los Jueves), la llegada de Gardel formó parte del legado de memoria que dejó al país. Para el homenaje a este visitante ilustre, cedió generosamente su testimonio de la visita del que consideró el más grande de los mitos de la canción latinoamericana. Con 21 años Raydi fue testigo de la llegada de Carlos Gardel a Venezuela cuando como locutor de planta de la Broadcasting Caracas, le correspondió transmitir la llegada del ídolo a Caracas.

- Eran las 11:00 am cuando el vapor americano “Lara” atracó en el Puerto de La Güaira portando al “zorzal criollo”, quien al pisar tierra venezolana, se desprendió en un caluroso abrazo a Pisariello. Un compañero de apellido Riquel -apodado el tuerto- y yo fuimos a recibirlo a la estación de Caño Amarillo porque venía en tren de La Guaira. Allí había una gran multitud esperándolo -3000 personas según Venezuela Gráfica- que plenaba las aceras y cubría de flores cada paso del artista. El público femenino en sus mejores atuendos suspiraba esperando ver asomarse el rostro del protagonista de las películas “Tango bar”, “El día que me quieras”, “Cuesta abajo” y “Melodía de arrabal” , que lo habían hecho famoso y provocaron la “gardelitis “ en el país, pese a que según Alberto Naranjo, su debut cinematográfico fue con el film silente -que nunca llegó a Venezuela- para alivio de sus fans- “Flor de durazno” (1917) donde aparecía irreconociblemente gordo, dice Raydi que “con unas 100 libras aproximadamente”.

-Yo iba describiéndole a la gente la llegada, era todo improvisado no había guión: “Señoras y señores en pocos minutos, veremos arribar a la gran estrella Carlos Gardel! ¡Tengan cuidado con el aglomeramiento! ¡Sólo 10 minutos, mantengan la calma!… en eso me empujaron y caí a los rieles -donde se lanzaba mucha gente para intentar saltar al vagón del astro argentino- cuando estaba entrando el tren, pero no solté el micrófono y seguí transmitiendo, con gran esfuerzo logré incorporarme y busqué un lugar seguro donde encaramarme para seguir mi labor.

Una vez arribado, Ricardo Espina, director de la BroadCasting Caracas, Luis Plácido Pisarello, su empresario, el tuerto y yo fuimos en el automóvil de Espina; a mi me tocó sentarme junto al chofer, mientras que Gardel estaba en la parte de atrás comentando lo bien que se sentía y la sorpresa ante un recibimiento tan cálido. De ahí lo llevamos al Hotel Miramar donde lo esperaban dos hermosísimas rubias de la clase alta.

Estuvimos un rato ahí, tomándonos un trago con él y luego nos fuimos y al parecer la avalancha de admiradores fue tal que hubo que trasladarlo a la Fábrica de Vidrio de Maiquetía, donde fueron atendidos por Don Jesús Corao. Según cuenta Raydi a Gardel le pagaron por su presentación en la BCC, 1500 bolívares -un platal para la época.

Luego lo llevaron a Maracay donde le cantó al General Gómez y éste le regaló 5000 Bs -que según Semana (junio de 1974) fueron Bs 10.000- donados por el artista al contingente de venezolanos que en Curazao preparaban el derrocamiento del Benemérito. “Después no lo vi más, pero supe por el handicaper del Hipódromo Juan Guerra, que mientras estuvo en Caracas, iba todas las noches a un restaurante de comida criolla que quedaba en Puente de Hierro, llamado De Landa, donde al parecer se enamoró de una muchacha de la mala vida y que muy hermosa”. Años más tarde la existencia de esta joven era duramente debatida en una estación de radio, entre quienes defendían la honra de Gardel y quienes afirmaban conocer testigos de tal romance. De haber sido, el nombre de esta joven se perdió en el doloroso ejercicio de la memoria.

La noche del estreno

Refieren varios testigos de la época que aquella noche los alrededores de la Plaza Bolívar eran un hervidero de gente, que se consolaba hablando de la personalidad y la apostura del cantante, porque dada la crisis del país muy pocos podían pagar la entrada que costaba Bs 5 en la localidad de patio, aunque para la última función por petición del cantante se bajaría el precio a Bs 4. Raydi describe que el “Teatro Principal estaba hasta la bandera, porque todo el mundo quería ver al más grande y mejor cantante popular que ha habido en nuestro idioma”.

Una voz que interpretaba de memoria las letras y melodías porque nunca supo leer música. Un registro de barítono brillante con una tesitura de más de dos octavos que manejaba a la perfección de los graves a los agudos –diría el maestro Baressi. Que cantó sin micrófono, exclama Raydi, para complacer a un espectador impertinente, y cantó, según Juan Ramón Fuentes -en Memorias de Armandito- con una voz de cinco pulmones, estirada quien sabe por qué milagro de la acústica. Raydi dice que la canción que menos le gustaba cantar era “Tomo y obligo”, porque lo llevaba a forzar la garganta, pero la que lo inmortalizó en Caracas fue “Mi Buenos Aires querido”, de su filme “Melodía de arrabal”.

Gardel baila así

Con quince años, Cecilia Martínez empezó a figurar en la BCC en 1931. Ella “bonitica” como se describe, menudita y rubia, fue la voz del primer jingle, del jabón Jhon Laúd censurado por atrevido. Un temprano matrimonio con Germán Alvarez Lemus, la separaría temporalmente de la radio, pero luego la acercaría a Gardel.

- Luis Farage era el dueño de las Galerías Parisiene, una tienda preciosa donde compraban las niñas ricas de la ciudad; vendía plumas, pailettés y mercancía importada de París que yo no podía comprar. Farage, gran admirador de Gardel fue patrocinante de su presentación junto a la Broadcasting. Martínez cuenta que dados los celos de su marido -pese a que se enamoraron con los tangos del “morocho del abasto”- había descartado asistir a las presentaciones, pero el destino le tenía reservada una sorpresa cuando recién llegados de la luna de miel, se encontraran una invitación de Alfredo Cortina, director de los Estudios Universal, a un almuerzo en el restaurante Dancing de Sociedad en honor a Gardel, al que “extrañamente mi marido interesado en el frontón y los caballos aceptó ir”.

Con gran emoción Cecilia Martínez recuerda que a ella la sentaron en una cabecera de la mesa y a Gardel en la otra. Revela que no podía dejar de mirarlo ni ella a él, “realmente creo que nos estábamos coqueteando”. De pronto comenzó a sonar un tango, y él le dijo a Farage que quería bailar conmigo: “si quiere bailar con ella tiene que pedirle permiso a su marido, ella es una señora casada”. El se acercó a mi esposo y le requirió “quisiera que usted me hiciera el honor de permitirme bailar con su esposa”, y él respondió “como no, adelante”. Entonces se acercó y me ofreció el brazo de alcayata. Las rodillas me temblaban, no podía ponerme de pie y contesté “es que yo no sé bailar tango”. El me dijo “una mujer como usted baila cualquier cosa con un hombre como yo”. Bailamos, se portó como todo un caballero y cuando terminamos la pieza agregó “Si yo fuese su marido jamás la habría dejado bailar con un hombre como yo”. Cecilia Martínez no asistió a ninguna de las presentaciones del artista en Caracas, pero nunca olvidará aquellos pasos nerviosos en brazos de Carlos Gardel.

La otra voz

Gardel no dejaría de provocar estremecimientos entre las estrellas de la época, además de cartel compartió amistad con muchas de ellas, a Graciela Naranjo, cantante de la BCC, le tocaría acompañarlo la noche de su estreno en la estación. “Soledad Espinal una cantante de música venezolana de la RCA Víctor se enfermó, entonces Lorenzo Herrera padre, que era muy amigo de Carlos Bonet, director del programa – patrocinado por el cigarrillo de ‘Bandera Roja’ – me llamó para que sustituyera a Soledad como acompañante de Gardel pese a que nunca había cantado con orquesta, porque yo formaba parte del grupo de aguinaldos de la parroquia de San José”.

Por su parte Julia Rosa García, una pianista maravillosa de la Broadcasting y muy buena compañera me había dicho: “Gracielita voy a hablarle a Carlos Gardel de ti” y así lo hizo. El día que lo conocí lo recuerdo como si fuera hoy, aquel hombre tan interesante: vestía un pantalón de hilo blanco elegantísimo, con una camisa blanca de manga larga y corbata azul claro.

Llevaba zapatos de patente de dos tonos. Sus manos eran bellas, de esas que se les hacen hoyuelos y en el anular llevaba un anillo con unas iniciales troqueladas. Tenía un color de piel que no era ni blanco ni moreno, acababa de rasurarse y debajo la piel se veía como azulada, el pelo era negro intenso y aquellos ojos llenos de pestañas tupidas. De cuando en cuando sacaba un pañuelo para limpiarse el sudor. Cuando me lo presentaron dijo “ya la profesora me había hablado de usted y de su voz entonces me regaló las entradas para su presentación en el Principal”.

La noche del concierto en la radio me puse un traje de falda y chaqueta tres cuartos color fresa y esperé mi turno. El cantó un repertorio escogido por el mismo público y yo canciones venezolanas, gustó mucho. A partir de entonces fuimos amigos, tengo muy bellos recuerdos de él, me regaló las partituras de las canciones de sus películas, y me hizo prometerle que escucharía la transmisión de su programa en Bogotá a través de La Voz de Víctor, y así lo hice. Copié a mano toda la parte del cine, y recuerdo que esa noche se despidió con “Tomo y obligo” a las 8:00 pm., fue un día antes del accidente.

Un rayo misterioso

Quizá el recuerdo más triste -que los hay- de la visita de Carlos Gardel, lo guarde Doña Matilde Lofiego, madre de José Ignacio Cabrujas, que se quedó vestida en el saloncito de su casa, imaginando como sería su amado ídolo, del rayo misterioso que hará nido en tu pelo, que tanta curiosidad le causaba a su hijo cuando aprendió la letra a los ocho años. Años más tarde, su madre convaleciente de una gripe, atendió su petición de contarle por enésima vez el suceso de la llegada de Gardel a Caracas:

“En 1935 ya estaba casada, tenía veintidós años y toda la ilusión de ver de cerca de Gardel, quien con su melodiosa voz y su porte de príncipe colmaba todos mis sueños. La presentación en el Teatro Principal, a un costado de la Plaza Bolívar, yo sabía que mucha gente asistiría al concierto y por supuesto me imaginaba que estaría allí escuchando todas las canciones que conocía y repetía constantemente en el gramófono. Lamentablemente mi esposo en un arrebato de celos, me encerró en la casa bajo orden estricta de no asistir al concierto.

Presa de la tristeza y la frustración, no me quedó más recurso que acudir a mi imaginación… Gardel, en su recorrido, elige entre todas las casitas de esa cuadra entrar a la mía, conocer a mi familia, conversar con nosotros…y hasta brindamos con vino y champaña (…) Al cabo de un tiempo mi hijo me mostró lo que yo entendí como un homenaje y una manera de hacer realidad el sueño de una joven de veintidós años.” Había nacido la obra de teatro de José Ignacio Cabrujas, El día que me quieras.

Los mitos dan para todo

“Está vivo” sentencian los miles de fanáticos de Carlitos, “no murió en ese avión”. Aquel cadáver desfigurado no era el de nuestro ídolo. Apenas por el anillo con las iniciales, y aquellos dientes blancos, de ahí la Logia Gardeliana, que como buena hermandad hermética impide la curiosidad de los extraños.

Vive en la prensa amarilla que ofrece tarjetas -Oscar Yanes dixit- ¡Pague medio y ¡Vea a Gardel en el cielo!  Según el periodista, la tarjeta tenía un punto en la nariz que había que mirar fijamente durante un minuto y cerrar los ojos. Luego alzar la vista al cielo y ahí estaba con su estampa, atrapado en el limbo, entre la vida y la muerte, tras ese pacto que hizo para tener el amor de todos y para siempre.

Vive en la nostalgia de Caño Amarillo donde un busto suyo recuerda el paso por Caracas, donde según dicen los rumores, su madre, soltera aún, vivió muchos años. Vive en las tantas viudas que han salido al paso con hijos naturales y en Laurita Santandreu, su primera novia de la juventud. Vive en con otro rostro desfigurado y se llama distinto: Charles Romualdo Gardés, nació en Tacuarembó y pesa 140 kilos. Partió en un accidente de aviación en Medellín. Tenía 44 años, y el mundo a sus pies.

Perlas Negras

Laura Santandreu, Isabel Martínez del Valle, la misteriosa joven de la mala vida, las rubias del Miramar, ¿dónde están?, en que parte del mito de Gardel caben las mujeres? Laurita es apenas una rumor lejano del primer amor, de aquellos tiempos de la calle Uruguay, zona no muy santa de Buenos Aires donde vivía, o simplemente el capricho de un director de cine de las tantas películas que se ha hecho sobre la vida del ídolo, El día que Gardel conoció a Maradonna (1986).

Isabel tenía 15 años, cuando él ostentaba el doble que ella -según afirma la revista Auténtico (1996)- compartió alguna vez el apartamento, y posiblemente cama, que le dio problemas económicos, seguramente gastos que a Gardel le costaba mantener, porque también según afirman las crónicas, era muy apegado al vil metal y sobre todo a la “timba” en buen lunfardo, los naipes, al “burro” las carreras de caballos en las que dispensaba grandes cantidades de su patrimonio.

Lo cierto es que la relación entre los vaporones que despertaba entre las féminas y el exiguo ejercicio de virilidad que se le atribuye, existe un relación inversamente proporcional, hasta el punto que en los años 70, comenzó a debatirse si en realidad Gardel habría sido o no homosexual, llegándose a la conclusión de que era “asexuado” porque entre sus prioridades y pecados la lujuria no le producía desvelos, como sí la buena mesa, de la cual tuvo que prescindir para mantener ese porte y esa elegancia.

Otra revista en España llegó a afirmar que la pérdida de peso a la que había sido sometido cuando la Paramount lo contrató a comienzos de su carrera en Hollywood, le había producido impotencia. Lo cierto es que su faceta de amante se manejó bajo la más absoluta discreción, y es tanta la fuerza del mito que su desinterés ante la pasión carnal, no le ha restado según los fanáticos a lo largo de la historia ni un ápice de virilidad.

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FUENTE: XVII EDICION ANIVERSARIA EL NACIONAL (3 de Agosto 2000)
ILUSTRACIÓN: @milagrosblue para infoCIUDADANO.
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11 Responses to "La visita de Carlos Gardel en 1935"

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